jueves, 8 de septiembre de 2011

Estamos acostumbrados a ver películas subtituladas en un idioma que no es el nuestro

Tercer artículo de los incluidos en el número especial de Ñ, del sábado 3 de septiembre pasado. En la oportunidad, Miguel Wald habla sobre doblaje y subtitulado.


Maletas en la cajuela

El ser humano es, sabemos, un animal de costumbres. Algunas de esas costumbres se adquieren por voluntad propia y otras se imponen desde el exterior, por diversas razones. Lo extraño es cuando esas razones son ajenas a la persona, pero esta, de todos modos, las acepta mansamente. Algunas de esas costumbres, tanto las propias como las impuestas, tienen que ver con la lengua que hablamos y escribimos, la lengua en que nos comunicamos. De hecho, casi podríamos decir que el idioma mismo no es más que una costumbre: nos acostumbramos a que esto se llame revista, aquello se llame libro y lo de más allá se llame de algún otro modo. Y así vamos construyendo un sistema (al que llamamos “idioma”) por el que nos comunicamos, nos expresamos y nos reconocemos.

La traducción audiovisual también está sometida al rigor de la costumbre, en cualquiera de sus dos grandes tradiciones: la del doblaje y la del subtitulado. Hay países en los que la gente prefiere mayoritariamente ver películas dobladas (como España) y otros (como el nuestro) en los que se prefiere ver películas subtituladas. Ambas formas tienen desventajas: el doblaje nos priva de la voz del actor y sus matices; el subtitulado, por su parte, no solo nos impide ver parte de la pantalla, sino que además nos obliga a concentrarnos ¡todo el tiempo! en la parte inferior del cuadro, con el riesgo de perdernos parte de lo que sucede en la película. Y sin embargo, lo preferimos. ¿Por qué? Por costumbre: estamos acostumbrados al subtitulado.

Pero lo más curioso, lo más extraño, es que los argentinos estamos acostumbrados a ver películas subtituladas en un idioma que no es el nuestro. Sí, es castellano, pero no nuestro castellano, no nuestro idioma. Es una lengua plagada de palabras, tiempos y formas que nadie usa en este país. ¿O acaso algún argentino pone maletas en la cajuela, fresas en el refrigerador o chaquetas en el ático? Y sin embargo, esas palabras son frecuentes en los subtitulados y a nadie le resultan extrañas. Es obvio que podemos entender a qué se refieren, pero también es evidente que no es así como hablamos, y que cuando leemos “cajuela” pensamos en un baúl, cuando leemos “fresas” pensamos en frutillas, etc. Pero, entonces, ¿por qué los traductores no traducen directamente a nuestro idioma real? ¿Qué razones hay para hacer una especie de subtraducción (que el espectador terminará mentalmente) y poner “maleta” en vez de “valija”, “cajuela” en vez de “baúl”, “refrigerador” en vez de “heladera”… y centenares de ejemplos más? Está claro que no es para comunicarnos mejor. ¿Para qué, entonces? Pues el motivo no es otro que aquel del que hablaba hace cuatrocientos años Francisco de Quevedo: el dinero, ese poderoso caballero. Esa es la única razón por la que se traduce a algo que se suele denominar “español neutro” o “internacional”, aunque nadie sepa bien qué es. Se traduce a ese español para ahorrar costos, porque ningún distribuidor (que paga por el derecho de exhibir una película en este país) está dispuesto a gastar miles de dólares en películas subtituladas en el castellano de la Argentina, que solo servirán aquí, si puede hacer traducciones que podrá usar aquí, en Chile, en Paraguay y otros países hispanohablantes. Pero para que los hablantes de esos países “acepten” el subtitulado, tendrá que ser un idioma que no sea notoriamente local. Es decir, aunque los personajes hablen en un idioma sumamente coloquial e informal, en la traducción para subtitulado no se podrá poner, por ejemplo, que la gorra agarró al chorro y lo metió en cana, porque resultará desconcertante en otros países. Y entonces, ¿qué palabras se elegirán? Pues aquellas que resulten más fácilmente comprensibles en más países. No más expresivas o sencillas, sino solo más comprensibles. Y los espectadores lo aceptarán. De hecho, lo aceptan y se acostumbran, al punto de convencerse de que esa es la mejor traducción.

Veamos algunos ejemplos. Hace un cuarto de siglo, cuando las primeras películas de Peter Greenaway llegaron a la Argentina, sus distribuidores decidieron hacer traducciones locales, en las que los personajes hablaran de “vos” y los insultos no fueran los neutros e insulsos “imbécil”, “maldito” y demás, sino los que realmente usamos aquí: “boludo”, “pelotudo”, etc. Así se vieron en las salas argentinas películas como El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante y El vientre del arquitecto. Sin embargo, poco después, cuando los mismos distribuidores trajeron al país otra película de Greenaway, que aquí se llamó Conspiración de mujeres, le pidieron al traductor que hiciera una traducción neutra, “hablada de tú”, porque, según decían ahora, los espectadores argentinos sentían extraña una traducción a su propia lengua, a su propia forma de hablar. ¿Por qué? Por costumbre. Estaban (y están) acostumbrados a que los personajes se tutearan. El argumento era por lo menos curioso: en inglés la gente no habla de “vos”. Eso es obvio, claro, pero lo que ese argumento no advierte es que en inglés tampoco se habla de “tú”, sino que simplemente se habla en otro idioma, que no incluye el tú ni el vos, sino pronombres, conjugaciones y palabras propias de ese idioma, y que lo que se hace al traducir es llevar eso a las formas propias del idioma al que se traduce. Y esas formas, en el castellano de la Argentina, incluyen el vos. Pero, como decíamos, el espectador se ha acostumbrado a que no sea así, a que estén habladas “de tú”… y su propia lengua le resulta extraña.

Con el doblaje pasa algo similar. Las únicas películas que los espectadores argentinos “aceptan” dobladas en el cine son las infantiles. Las películas para niños no se subtitulan porque los pibes (si se me permite el exabrupto) no pueden leer a la velocidad suficiente como para seguir el texto. Tradicionalmente, como sabemos, los doblajes de películas infantiles se hicieron siempre con el “tú” que tan ajeno nos resulta, pero hace unos años empezaron a hacerse experiencias con doblajes realizados aquí (con Los increíbles, por ejemplo) y voces evidentemente rioplatenses, por la creciente importancia del cono sur en la cantidad de público. La reacción de los espectadores argentinos fue notable: los más pequeños recibieron bien la novedad, pero los más grandes (es decir, los adolescentes y los jóvenes) se quejaron. Les molestaba que los personajes hablaran “en argentino”. ¿Por qué? Pues sencillamente porque estaban (y están) acostumbrados al lenguaje neutro. Estaban, y están, podríamos decir, adoctrinados.

Como vemos, los espectadores de cine argentinos nos hemos acostumbrado a leer en una lengua que no es la nuestra por motivos exclusivamente económicos, monetarios, y de ninguna manera culturales. Pero ¿no se supone que una lengua es la forma de expresión de una cultura? ¿No se nos está negando así, de algún modo, la posibilidad de comunicarnos en nuestra propia lengua real? ¿No se nos está despojando, en cierto sentido, de nuestra propia cultura? Y lo peor es que, una vez más, es por dinero, o, para ponerlo en términos históricos, una vez más nos venden espejitos de colores y lo aceptamos alegremente. Si la pregunta es, entonces, “¿de quién es el idioma?”, es obvio que, al menos en el cine, no es nuestro, sino de ellos, los que lo pagan y disponen qué debemos leer y cómo debemos leerlo, aunque sea extraño a nuestra propia cultura, a nuestra propia lengua, a nosotros mismos.

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