lunes, 5 de diciembre de 2016

La semana de González (1)

El argentino Alejandro González, traductor del ruso, entre el 2 de septiembre y el 17 de noviembre pasados,  publicó una serie de columnas en El Trujamán que iremos subiendo a lo largo de la próxima semana. Ésta es la primera.

Originales que no son tales (1)

Acaso, uno de los modos más expeditivos de romper con aquella concepción —tan enraizada en nuestra civilización de libro sagrado— que concede a un texto estatuto ontológico («original»), mientras que a otro se lo niega («copia») o escatima («traducción»), es traducir obras escritas en ruso.

Petición de principio I: a la hora de traducir, nada hay en la lengua rusa que no lo haya en otras; cada lengua tiene sus especificidades, plantea dificultades propias, y la rusa es una entre tantas. No es desde un enfoque lingüístico, por tanto, como lograremos cuestionar la idea de un «original». En cambio, si nos concentramos en los modos en que un texto circula, en sus condiciones de creación y recepción, transitaremos el camino correcto.

Petición de principio II: siguiendo el concepto gadameriano de «historia efectual», acordemos que un texto no es sino los efectos que produce. Cuando un colega recibe el encargo de traducir, por caso, Hamlet, ¿puede abstraerse de los 400 años de historia de recepción, circulación, adaptación, traducción y edición (historia que, además, lo ha constituido a él mismo como lector)? Responder afirmativamente significaría creer que existe un «original» —puro— al que siempre puede volverse, sea el manuscrito del autor o la fuente más autorizada. Responder negativamente, otra vez, nos indica el rumbo adecuado. (Por cierto, envidiemos a los músicos: usan la palabra «versión» y no «traducción», no creen que la Sinfonía n.º 40 de Mozart sea la partitura que está —si es que— conservada en cierto sitio, ni tampoco sostienen un primoroso direttore traditore).

La historia de la literatura rusa en castellano no es, en términos relativos, tan antigua: en 1838, en una revista católica de Barcelona, se publicó Oda al Ser Supremo de Gavriil Derzhavin. Esa primera traducción, sin duda inspirada en el deseo de acercar las producciones artísticas del gigante oriental a los lectores españoles, presentaba a la vez un rasgo que se volvería característico en los siguientes noventa años: estaba hecha del francés, vale decir, por lengua interpósita. Esto es, desde el principio mismo nos hallamos ante el problema de la mediación. ¿Cómo han llegado hasta nosotros los textos rusos? ¿Qué obras y qué autores han circulado más? ¿En qué momento Occidente dio cabida, y cómo, a los escritores y pensadores rusos? Y cuando decimos “Occidente”, ¿a qué países en concreto, a qué tradiciones literarias y filosóficas nos estamos refiriendo? ¿Por quién, dónde, cómo, cuándo, qué, para qué lector, con qué fin, en qué editorial, a partir de qué fuente se tradujo una determinada obra? ¿A través de qué idiomas, traducciones y lecturas han llegado los rusos al mundo hispanohablante? ¿Qué hemos buscado y qué buscamos en la cultura rusa? Estas preguntas acompañarán al traductor del ruso al castellano a lo largo de todo el viaje, y, siempre que este entienda su labor como intervención crítica, no tardará en tomar conciencia del lugar que las obras rusas ocupan en el imaginario de la comunidad a la que pertenece. Eso, con el tiempo, lo llevará a conocer las múltiples voces que han formado parte de ese diálogo de siglos entre Rusia y Occidente.

En los siguientes trujamanes me detendré en algunas experiencias y ejemplos que nos permitirán entrever lo fructífero que resulta desprenderse de un acercamiento (poco) ingenuo a la traducción (sacralización acrítica del texto fuente) y conocer en profundidad el texto, entendido este no como conjunto-inmutable-de-signos-siempre-susceptible-de-decodificación, sino como devenir, como historia abierta de creación, circulación y recepción.


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