lunes, 23 de diciembre de 2019

Una entrevista con la traductora Amalia Sato


El 12 de abril de este año, la poeta y periodista Valeria Tentoni entrevistó a la traductora Amalia Sato para el blog de Eterna Cadencia. El resultado de esa charla se reproduce a continuación.




“El placer y la disciplina al leer
marcan la probidad de una traducción”

Premio Konex por su labor en traducción, Amalia Sato se graduó como Profesora en Letras y, entre otras cosas, editó la revista literaria Tokonoma y participó en la creación del Club Argentino de Kamishibai, que difunde el arte del teatro de papel nipón. Suya es, por caso, la ineludible traducción de El Libro de la Almohada (Adriana Hidalgo) y ha trabajado obras de autores como Mori Ogai y Natsume Soseki, oriundos de las tierras de sus ancestros, pero también de otros que trajo del portugués: Haroldo de Campos, Clarice Lispector y Jorge Amado entre ellos. Entre sus últimas traducciones se cuenta Bailarinas (Emecé), de un autor al que ha abordado en reiteradas oportunidades: Yasunari Kawabata. Y es que suyas son también las versiones que circulan en Argentina de El Maestro de Go, Relatos en la palma de la mano, El sonido de la montaña y En el lago.

Viajaste pocas veces a Japón y sin embargo sos capaz de traducir y compartir ese universo de modo muy pregnante. ¿Qué podés decirnos del poder de tus lecturas para llevarte hasta un lugar? 
–Viaje solo una vez a Japón en 2009. Japón es algo lejano para mí, no solo en el espacio sino tambien en el tiempo. Mis abuelos llegaron a principios de 1900, todavía era Meiji. Será por eso que Soseki, Ogai o Higuchi Ichiyo, autores claves de ese momento, despertaron mi interés. Claro que la experiencia de un viaje es siempre increíble y, si uno va con un bagaje de lectura y estudios previos, los tiempos largos de la historia se despliegan nitidos.

¿De dónde proviene tu interés por la traducción?
–De mi interés por las lenguas. Confieso que el japonés es la más ingrata, por la enorme dificultad con los ideogramas (por eso los Cuentos japoneses para niños, que editamos bilingües con mi hijo Nicolas Prior que los ilustró, llevan la lectura fonetica que habilita lectura de los kanji, siempre difíciles de dominar), y porque siendo descendiente de japoneses, en mi caso tercera generación, nuestra mentalidad percibe la gran distancia con los modos de una lengua con tantos recovecos feudales, de género y alusiones a retóricas clásicas. Pero sí, me confieso fan de estudiar idiomas. Me libera, me ilusiona. Me reinvento. El portugués (que estudié en el Centro de Estudos Brasileiros) también me abrió las puertas de una cultura fascinante. Y el italiano se ha convertido en estos ultimos años en mi lengua favorita. Música, ante todo, de la que podemos apropiarnos teatralmente para vagar por nuevos mundos. Pero volviendo a tu pregunta creo que fue la maravillosa formación que me dio la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, con sus niveles de latín y griego, con sus cursos de lengua previos a las literaturas extranjeras, lo que me dio las bases para indagar, proponer y lanzarme con enorme esfuerzo, a fuerza de diccionario y preguntas, a dedicar tantísimo tiempo a la traducción. El placer y la disciplina al leer marcan la probidad de una traducción. Si no se logra provocar placer literario en la lectura, seguirán perdiéndose generaciones de lectores. 

¿Y qué estaciones hubo en tu recorrido personal por la traducción?
–Las clases de español a japoneses, los cursos de lengua, las horas pasadas en la biblioteca del Centro cultural de la Embajada de Japón en la calle Paraguay, casi Cerrito, la biblioteca magnífica que mi papa nos brindó, los años en la Seccion de Asia y Africa de la Universidad de Buenos Aires, los veinte años dedicados a editar la revista Tokonoma, el aliento y la amistad de personas generosas como Atsuko Tanabe o Haroldo de Campos, la admiración por la tarea excelsa de Kazuya Sakai, el pionero de los estudios y traducciones sobre Japón. Toda esta trama y mas alimentó mis incursiones, la larga lista de autores que traduje.

¿Cómo llegaste a El libro de la almohada de Sei Shonagon y cómo decidiste emprender su traducción? 
–Fue raro lo que pasó con ese clásico, y es increíble que siga sumando ediciones desde Buenos Aires. Publiqué unos fragmentos en la revista Tokonoma y el olfato de editor de Edgardo Russo hizo que saliera casi de inmediato por Adriana Hidalgo. Estaba en el aire que era el libro esperado. El enlace con la pelicula de Greenaway, Escrito en el cuerpo, que usaba sus caligrafías como separadores, en fin... La calidad moderna de lo fragmentario y las listas.

Hay una escena con Jaime Rest, ¿verdad? ¿De qué modo perduró en vos esa recomendación?
–Es cierto que también entra Jaime Rest en la historia. Caminando un dia por Barrancas de Belgrano en los 70, nos encontramos y lo saludé pues había sido mi profesor de Literatura de la Edad Media, parte junto con Hector Ciocchini de esa avanzada bahiense de la que disfrutamos en la efervescencia de esos años. Y me dijo, a modo de "premonición": "Usted esta dotada genéticamente para traducir un libro maravilloso, The Pillow Book". Profecía cumplida tantos años mas tarde.

¿Qué versiones tomaste como referencias y qué podés contarnos de ese trabajo? ¿Qué disfrutes te trajo, qué dificultades?
–Lei todas las versiones en inglés que tenía a mano y la versión en frances. Y trabajé con el texto en japonés con muchas notas a pie de página. Recuerdo que mi amiga Atsuko Tanabe me dijo: "Si lográs dar con el tono del primer fragmento –el arranque donde habla de las estaciones–, tenés media batalla ganada". Ahí esta la clave.

Como explicás en el prólogo, el rol fundante de las mujeres en la literatura japonesa es muy grande: ¿por qué creés que esa cultura pudo darse el lujo de comenzar su literatura sin obviar a las mujeres?
–Para contestar esta pregunta necesitaría explayarme mucho. Solo digo ahora que gracias a que las mujeres contribuyeron a desarrollar caligráficamente la escritura china y compartieron esto privadamente con los varones, surgió una expresión literaria propia. Fueron cuatro siglos de pinceles mutando formas y rozando lo ilegible.

¿Cómo definirías “lo femenino” en la literatura japonesa?
–Respondo sólo que en el arte japonés, lo femenino no es solo mujer. Y este origen de escritura fonética es fundante.

Has traducido numerosas obras de Kawabata: ¿qué podrías decirnos de su literatura después de tantos libros? ¿Qué es lo que te convoca de su universo?  
–El problema de ser Premio Nobel es que se ve a un autor (para peor monolítico) y no obras. Kawabata tiene una faceta experimental (incursionó como guionista de cine mudo, por ejemplo) y publicaba por entregas a periódicos o revistas. Es cierto que traduje mucho de él. Y que siempre es distinto. Su percepción de la moda, su visión casi animé de ciertos personajes puede desconcertar a quienes busquen solo un erotismo decadente y nostálgico.

–También traducís del portugués, ¿cómo es con esa lengua en tu caso?
–Portugués estudié porque amaba a mis veinte años la bossa nova y quería leer a Guimaraes Rosa. Una de las experiencias más fuertes fue cotejar Doña Flor y sus dos maridos con la gloriosa versión de Losada de Lorenzo Varela y sus mas de 40 ediciones y comprobar, como decia Haroldo de Campos, que una traducción es lectura de época. Me emocionaron las decisiones que asumió el traductor, marcado por la ideología de su tiempo. Y justifiqué las mias. Fue una gran lección.

¿Qué importancia tuvieron la revista Tokonoma y el Club Argentino de Kamishibai como espacio de intercambio de lecturas?
–El primer número de Tokonoma salió en 1994 y fue una empresa que sostuve por tantos años... Un número por año. Para mí fue un lugar de concentración de amigos talentosos. Tengo ganas de subir la colección completa a la red algún día. Y el Club es una entusiasta red de amigos que van difundiendo al kamishibai con generosidad. Un fenómeno propio donde se producen textos y láminas originales, otra acción que viene de Japon y ya es parte del circuito de teatristas argentinos. Porque Japón no es milenario ni está de moda, como suele decirse. Japón forma parte de nuestra cultura desde hace siglos, y se vuelve atractivo porque nos lo apropiamos.

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