lunes, 8 de junio de 2020

Op.cit. y un número dedicado a Mirta Rosenberg

Op.cit. se anuncia como una “revista.blog de poesía argentina, hispanoamericana y traducida”. En ella, además de poemas, reseñas y artículos, cada número ofrece un dossier dedicado a algún poeta en particular. El último se ocupa de Mirta Rosenberg (1951-2019), poeta y traductora. De modo que, para despertar la curiosidad de los lectores, ofrecemos un fragmento de entrevista, donde se habla precisamente de traducción.

“Me interesa que se note que es una traducción”

–¿Qué le aporta la traducción a una poeta como usted?
–Traducir te abre la cabeza. Te saca de la idea de que hay que escribir una sola cosa. Además, yo soy de la opinión que puede haber más de una buena traducción de algo. Lo que sí: yo no me pondría a traducir los cuatro cuartetos de T. S. Eliot porque no le voy a ganar a Juan Rodolfo Wilcock. Ya lo sé. Y no le voy a aportar nada a esa traducción.

–Siempre se dice que Borges llevaba las traducciones a su propio estilo, ¿usted qué opina?
–Está bien. Yo no lo hago, pero Borges lo hacía a propósito. Por ejemplo, en Las palmeras salvajes (de William Faulkner) hay, sobre un alambrado, un carancho. Y en Estados Unidos no hay caranchos. El lo hacía ex profeso. Son operaciones culturales. Yo no me hubiera animado –en ese caso– a poner un carancho. O quizás a mí no me hubiera parecido necesario hacer eso; a él sí, era otra época. A mí lo que me interesa que se note es que es una traducción. Borges además tenía esa idea de que como nosotros somos un país periférico, disponemos de toda la literatura universal para hacer lo que queremos con ella.»

Entrevista de Mauro Libertella (clarin.com, 11-06-2016)

Quienes deseen conocer todo el contenido de este número pueden hacerlo en

viernes, 5 de junio de 2020

"Me persiguen, me persiguen las escritoras"

Publicado en  ctxt (Contexto y Acción), el siguiente artículo de la experimentada traductora española Julia Osuna tiene rango de declaración (¿de principios? ¿de guerra?) y trata sobre cuestiones más que delicadas, con altura, inteligencia e incluso humor.

¡Maaadre mía!

“Será coña, ¿no?”, le digo al editor. Es el cuarto libro del año con la palabra mujer o mujeres en el título.

El año empezó con unas women in black, australianas, años 60, unas galerías comerciales. El año empezó también con un plato de mierda, de esos que solo la vida sabe servir hasta arriba. Si fuera el puto Mersault, podría haberme dicho: “Mamá tiene esa enfermedad hoy”, y haberme ido por ahí a matar a alguien como quien no quiere la cosa. Pero no, “mamá tiene esa enfermedad hoy, mañana y pasado mañana”, y ahora ponte tú a traducir. Podría haber dicho que qué me importan a mí cuántas guineas y chelines son 35 libras australianas, pero resultó que no, que me importaba más que nunca. Podría haber convertido las treinta exclamaciones distintas de la época con God o Lord, en diez “Dios mío” y un “Válgame el cielo” (“quién se va a dar cuenta”, dicen las diablillas resabiadas), pero no, por mis ovarios conseguiría treinta expresiones españolas que le dieran el mismo colorido empañado de nostalgia del original, aunque tuviera que buscar en toda la obra de Martín Gaite.

En las noches de insomnio provocadas por el plato de mierda que nos habían puesto por delante a mi madre y a mí, intentaba contrarrestar las preocupaciones prácticas de una vida digna para todos con repasos mentales por dichos y diretes, buscando una expresión con pájaros por aquí, otra con un pez, e intentando refrenarme para no colar al día siguiente en el texto la frase favorita de mi abuela, “a lo que llega uno”.

A lo que llega uno… No, yo no había llegado todavía a nada. No pensaba plantarme. Semanas después, vinieron las ganas de escupirle a la vida, de gritarle “¡Esto es mío, esto no me lo quitas, so guarra!”, las ganas de hacer la mejor traducción jamás hecha (por mí). “Tienes que buscar tus espacios”, me decían las voces biempensantes, las amigas que no sabían cómo socorrerme, porque no había socorro posible. ¿Y qué mejor espacio que el que me había estado trabajando tantos años, mi huerto al final del mundo, donde plantaba y plantaba, regaba, sin esperar grandes cosechas?

E incluso me atreví a elucubrar, en los días soleados de principios de mayo, una vez pasada la primera oleada gorda de mierda, con que ¿y si con tantos malabarismos cerebrales, tras desarrollar una prestidigitación mental elevada a la máxima potencia, después resurgía con un cerebro evolucionado, capaz de solucionar entuertos de traducción con tan solo fijar en la pantalla mis ojos de rayos láser, cargados de decisión y sabiduría? Era eso, o dejar que el cerebro se me espesara hasta quedarme con un puré gris en el cráneo donde tan solo chapoteaban cuatro hipopótamos y una garza real puesta de osmosis…

Y es que, sin beberlo ni comerlo (acababa tan reventada que se me olvidaba comer, y el vino, ni olerlo, no fuera a darme la bajona), me habían concedido con grandes honores el título de Cuidadora Oficial del Reino… ¿Tendrá algo que ver la industriosidad, el esmero, la inclinación por cuidar, con que haya tantas traductoras mujeres?, me preguntaba. ¿Acaso siempre he querido cuidar los textos, mimarlos, como lo hago con mi mamá? Y hacerlo incluso cuando me mira mal por recordarle que se ponga un abrigo, padeciendo las miserias de cuidar a alguien que no quiere que le cuiden. Los textos, al fin y al cabo, eran más agradecidos.

Pocos meses después llegaba el siguiente encargo con mujeres en el título. Me persiguen, me persiguen las escritoras y sus personajes femeninos, las madres y su presencia inevitable en los textos… ¿Coincidencias de la vida? Ja. ¿El mercado quiere mujeres? Pues las van a tener. Por suerte, mis editores no sabían por lo que estaba pasando, no me tenían por una paria social, para ellos todavía podía ser otra persona, no la que tenía varias enfermedades mentales en la familia, la que tenía que lidiar con brotes psicóticos y alucinaciones acústicas, la que intentaba criar a un niño sin echarle la mierda encima porque ayer fue un mal día, ayer se escapó para no ir a la terapia, ayer no quiso mirarme a la cara. Para ellos todavía soy una trabajadora de la palabra, y me quieren por la parcela de mí que aún no está infestada de vida, la parte de mi cerebro que reservo para sumergirme en otros mundos y desaparecer.

Desaparezco en el pajar donde se reúnen las ocho mujeres de ese siguiente título, unas menonitas que fueron violadas durante años y que ahora están decidiendo cuál será su reacción ante sus agresores. Retiro el telón y entro en el granero de la traducción (literal, no es la enésima metáfora sobre el oficio), huele a heno seco y las motas de polvo bailan en la luz de la mañana. Hay unas mujeres hablando, tengo que apuntar lo que van diciendo, no puedo fallarles. Esto lo puedo hacer, esto lo puedo solucionar. Y me pregunto qué versión de la Biblia en español será mejor citar, qué traducción de Montaigne puede dar el tono, le escribo a mi padre, ¿tienes por ahí las Geórgicas de Gredos?, me contesta al momento, me manda los versos. La mañana es plácida, puedo pensar con claridad, ayer le gané la partida a la mujer-pared, mañana irá a la terapia. Qué raro, la autora utiliza cursiva para algunas palabras del bajo alemán que emplean las menonitas pero para otras no; tengo que preguntarle, sus padres profesaban la misma fe, a lo mejor utiliza la cursiva para las que ella no escuchó de pequeña y para las otras, las que le son familiares, no; de todas formas le preguntaré… (“¿De verdad? ¿No podrías utilizar el tiempo que te va a llevar escribirle a la autora para llamar a otra clínica, para comprarle calcetines, que los tiene viejos?”, me desafían las diablillas, “Ese sobre con los contratos lleva semanas cogiendo polvo en la mesa de la entrada”.) No, porque me importa. Me tiene que importar, por mis ovarios.

Cuando voy terminando con las menonitas, me llama otro editor: ¿puedo cambiarle el título que iba a empezar con ellos por este otro? Acaba de llevarse un súper premio. Adivinad: un tercer título con woman. Más mujeres, otra autora: lo quiero, dámelo todo. Queridas menonitas, han sido un placer estos meses de pajares mentales, pero tenemos que ir despidiéndonos, me habéis ayudado mucho, y ya no solo como terapia ocupacional; en el texto hablaban unas madres, y me han hecho recordar lo que es ser hija y tener a alguien en quien apoyarte, alguien con más experiencia que te dice, tranquila, piensa, no pasa nada… antes de erigirme en la madre de todo esto (en versión femenina mal de la peli de Lars von Trier –y aquí abro un inciso, muy a lo apuntador menonita, porque hablando del danés, la historia del pajar me recordó un poco a Dogville, pero si a Nicole Kidman en vez de darle por la venganza, le hubiera dado por pararse a hablarlo con sus congéneres y hubieran antepuesto un poquito de pacifismo). Me han hecho recordar, decía, que mi madre era una mujer dulce que estaba traduciendo mucho antes que yo, que curso tras curso enseñaba a traducir el canto sexto de la Odisea, con paciencia y dedicación. Recordar que tengo que recordar, que para algo traduje el Me acuerdo de Joe Brainard, y ahora debería escribir uno sobre mi mamá, corre, antes de que las cosas feas me la borren, recordar a la madre de dedos rosados, ¡mamáaaaa!

Pero, pompompom, son ellas, ya han llegado, comprimidas en pdf, son un montón de mujeres negras británicas que vienen a traerme más sabiduría, más lugares donde volver a mi madre, donde encontrar cariño para poder devolverlo en forma de Me Importa. Quiere la casualidad, o llamémosle X, que una de las protas se llame Amma, que, anagrama mediante, nos da Mama. Como la Amma de Sharp Objets, la serie donde conocí la canción que me gustaría que un día sonara de la nada, el Plus tôt de Alexandra Streliski, como una cortinilla de estrellas musical que me trasladara unos años más adelante en el tiempo y me pudiera traer de vuelta, ya desde la serenidad, a tantas autoras traducidas, tantas personajes cuidadas y tantas horas pasadas acurrucada con mi madre en el sofá.

Jose sigue al teléfono, hablándome de ese cuarto título: “Te cuento: son conversaciones telefónicas de una madre con una hija, aunque solo habla la madre”. ¡NOOOOOOOO!* 


* Al final acepté el encargo. Para ser traductora, hay que ser un poco masoca.

jueves, 4 de junio de 2020

Otros elementos para sumar a la discusión sobre los derechos de autor y su liberación en Internet


En su edición del 21 de mayo, la revista Otra parte incluye un artículo de Diego Preler, donde se reflexiona sobre el tema de los derechos de autor a partir de la polémica surgida por la publicación inconsulta de textos de autores argentinos (ver en este blog las diez entradas ad hoc correspondientes al lapso que va del 4 al 15 de mayo). Se reproduce a continuación

Notas sobre el “affaire PDF”
seguidas de una modesta proposición

1.Quiero lanzar una modesta proposición a la comunidad de apasionadxs por la literatura, en el contexto de la actual cuarentena y del intercambio que se generó durante las últimas semanas respecto de los derechos de lxs lectorxs y escritorxs, el carácter justo o injusto del copyright, etcétera. Antes de formularla, reseño brevemente las circunstancias.

A principios de abril surgió en Facebook un grupo público, denominado Biblioteca Virtual, una iniciativa de la poeta Selva Di Pasquale, que rápidamente alcanzó los 16.000 miembros (al momento de escribir estas líneas cuenta con 17.900). El objetivo del grupo es subir y compartir archivos PDF de textos en un espacio de encuentro e intercambio solidario entre lectorxs y autorxs en el escenario actual de confinamiento. Hay quienes suben voluntariamente sus propias obras (de seguro con razones diversas y muy atendibles). Hay quienes suben, por pedido de otro o iniciativa propia, textos clásicos, en muchos casos de autores extranjeros muertos, como una manera de hacer accesible ese material (por ejemplo, las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, o Solaris, de Stanislaw Lem).

2. Pero además de estas dos modalidades sucedió, como era bastante previsible, que comenzaron a circular, sin su permiso, PDF de libros recientes de autorxs argentinxs vivxs. Algunxs de estxs autorxs, entre ellxs Gabriela Cabezón Cámara –la menciono porque fue el caso más resonante– escribieron al grupo para pedir, de manera respetuosa, que retiraran de inmediato el PDF de su libro. Un pedido que resulta, como ha dicho Darío Steimberg en FB, indiscutible. No parece haber mucha vuelta que darle al asunto, o como afirma el escritor Julián López también en su muro de FB, no parece haber dos campanas.

¿Porque cuál sería “la otra campana” en este punto? ¿Que el capitalismo es malo? ¡Eso seguro! ¿Que sería bueno abolirlo? ¡Claro! ¿Pero vamos a empezar el proceso revolucionario de expropiación de la propiedad privada justo por la última novela de Cabezón Cámara, con la que afortunadamente le está yendo muy bien? La verdad es que parece un despropósito mayúsculo. A aquellxs que, insuflados por la pasión revolucionaria, entienden que ha llegado el momento de avanzar más temprano que tarde sobre la injusta propiedad privada, bueno, uno les diría, ¿y por qué no empezás por las grandes cadenas de supermercados, después pasás a las grandes petroleras, seguís así y, eventualmente, llegás a liberar los derechos de los libros de autoras argentinas en ascenso?

3. El reclamo de Cabezón Cámara generó una serie de reacciones, algunas de ellas de un nivel muy alto de violencia, que también eran bastante previsibles. No las estoy justificando en absoluto, sólo digo que tampoco parecen algo por lo que uno debería sorprenderse o escandalizarse. La bardearon, la atacaron de manera injusta e innecesaria, la “corrieron por izquierda”, según una modalidad de funcionamiento muy molesta pero ya archiconocida de las redes sociales. ¿Tuvo algo que ver en la virulencia de los ataques que se tratara de una escritora, para colmo exitosa? ¡Sin duda!

4. Las agresiones generaron a su vez una reacción de defensa y desagravio. A todas luces necesaria. También bastante previsible. Muchxs de lxs autorxs involucradxs más directamente en este desagravio comparten con Cabezón Cámara el espacio de enseñanza en la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes, lo que le da a la reacción un carácter no sólo colectivo sino gremial. Roque Larraquy, director y docente de la carrera, lanzó uno de estos mensajes, al que se sumaron muchas firmas: “Las discusiones acerca del complejísimo entramado en la producción de un libro deberían darse en un marco de honestidad y respeto. Los agravios no se pueden tolerar. Con los violentos no se debate”. En este caso se señala tanto la importancia del debate como la necesidad de expresar un repudio moral, aunque lo primero parece ser menos urgente que lo segundo. En otras intervenciones, directamente, lo primero (abrir el debate, la discusión) se considera directamente improcedente o hasta ofensivo. Lo que la situación “requiere”, afirma por ejemplo Emiliano Jelicié también en FB, es “una intervención ética antes que conceptual o ideológica”.

Así planteadas las cosas, no sólo quienes agredieron sino también quienes no se manifestaron en repudio de esas agresiones, sino que optaron por aprovechar la ocasión para abrir el debate y volver a discutir cuestiones de larga data como la relación entre literatura, trabajo, mercado, remuneración, piratería y propiedad intelectual, etcétera, quedan automáticamente sospechados de contribuir a esta violencia simbólica de género y de clase.

¿Existen “los violentos”, como un grupo definido, un conjunto de sujetos que detenta esas características? ¿Y existen por lo tanto personas “no violentas” a quienes el ejercicio de la violencia en cualquiera de sus formas, o incluso la tentación de la violencia, así sea como un impulso contra el que uno lucha cada día para mantenerlo a raya, es algo que les resulta completamente ajeno?
Enojarse con Cabezón Cámara porque no quiere dejar que sus libros circulen gratuitamente no va a contribuir a la caída del capital internacional. Pero enojarse con un grupo de FB porque hacen circular unos PDF, o con los editores independientes porque no siempre cumplen con las liquidaciones en tiempo y forma tampoco va a transformar la escena literaria argentina en la norteamericana o la francesa o en eso que nosotros imaginamos que son.

5. ¿A eso se reduce la discusión que podemos tener sobre literatura, trabajo y mercancía? ¿A una pelea entre pobres por unas cuantas migajas? Hubo otras intervenciones que buscaron situar el debate en un plano de discusión distinto. Entre otrxs, Edgardo Scott publicó una intervención de intenciones polémicas, primero en FB y luego en Infobae. No acuerdo del todo con su posición, pero sí con la idea de desplazar la discusión a otro plano, cuestionando la identificación de la escritura literaria con un trabajo cualquiera, tal como se da en consignas como “Escribir es un trabajo”. Dice Scott: “Los escritores que se identifiquen como trabajadores deberán no identificarse como poetas o artistas”. ¿Es una postura romántica, idealista? Bueno, cierto romanticismo se cuela quizás en la idea de que deberían identificarse, de una vez y para siempre, como una cosa o la otra. Todos somos sujetos divididos, y más bajo el imperio del capital. Uno puede subjetivarse –en realidad, desubjetivarse– como artista cuando escribe (cuando trata de hacerlo) y luego, en otra escena (cuando negocia un contrato de edición), como trabajador. El mismo Scott lo reconoce acto seguido: “Ser artista o poeta […] es una operación, no es una esencia ni un bien. La identidad del artista o poeta (o escritor, o cantante) como artista es un disfraz que el sujeto se pone durante el tiempo que dura esa gracia, ese juego, ese hallazgo”.

En todo caso, parece claro que el momento de la creación artística, la lógica de la creación artística es heterogénea a la del trabajo y el mercado. No mejor, ni peor, ni más pura: heterogénea. El artista, el poeta, en el momento creativo, no rinde cuentas de su hacer ante nadie, ni siquiera ante sí mismo, por lo que, desde la lógica de la acumulación y la ganancia, va a pura pérdida, está perdido (lo dice bellamente Atahualpa Yupanqui en su “Milonga del solitario”: “Me gusta de vez en cuando / perderme en un bordoneo / porque bordoneando veo / que ni yo mismo me mando”). Claro que nadie puede ni debe estar en “modo poeta” todo el tiempo. Hay que comer.

6. Me interesa señalar un llamativo ethos compartido que emparienta posiciones en la discusión sobre los PDF. Muchas de las voces que intervinieron en el debate, si bien no todas, parecerían animadas, de manera diversa, por la intención de atenuar el impacto del “parate” que implica la cuarentena. Tratan, en un escenario difícil, de minimizar las pérdidas. Lxs escritorxs que se oponen a la libre circulación de sus PDF intentan obviamente defender sus magras ganancias. Lo curioso es que, del otro lado, bajo la apariencia de una movida antimercado (libre circulación de material gratuito, cooperativismo) es posible advertir una fuerte ansiedad por hacer “que no se corte” la circulación de materiales de lectura, por “keep the ball rolling” (seguir leyendo, leer cosas nuevas) pese a todas las restricciones actuales. Un impulso que, en definitiva, no resulta ajeno a los mandatos más entrañables del capitalismo. Horror vacui de la lectura como consumo: quedarse sin un buen stock de novedades (deseo de leer siempre cosas nuevas sobre el que se sostiene, en gran medida, la industria editorial).

Estas actitudes están plenas de sentido si las pensamos desde el autor como trabajador y el lector como consumidor. Pero hay, como vimos, otro punto de vista, heterogéneo a todo esto. Desde ahí me pregunto si –antes que hacer circular PDF, o preocuparse por retomar la circulación de libros, no sería mucho más desestabilizador y corrosivo (y totalmente dentro del marco de la ley), mucho más loco y novedoso como experiencia, aprovechar el impulso de detención al que nos forzó la cuarentena (Bifo Berardi lo llama “psicodeflación”) y simplemente parar la pelota, prescindir, desistir. Tomarnos un tiempo, leer menos, menos novedades, leer más despacio, releer, leer otras cosas que libros, otras cosas que textos. ¿No hay una particular ceguera –una imposibilidad de leer– en este impulso desesperado por tapar lo que está sucediendo, por negar el acontecimiento, por procurar que todo siga como siempre?

miércoles, 3 de junio de 2020

Los monopolios preocupados por los derechos de sus autores


El tema de los derechos de autor y su liberación en la web sigue dando que hablar. El siguiente artículo, con firma de Silvina Friera, se publicó ayer en Página 12, de Buenos Aires. Da cuenta de las acciones legales que tres editoriales y un agente literario –el título de la nota, que no fue puesto por la autora, contiene un error– van a emprender contra el sitio Internet Archive.

Cuatro editoriales le inician juicio a Internet Archive

El sueño de la biblioteca virtual al alcance de todos enfrenta un dilema: la disputa entre el derecho al acceso a través del “préstamo digital controlado” (CDL, sigla en inglés por controlled digital lending) y la violación del copyright. Cuatro editoriales, Hachette, Penguin Random House, Wiley & Son y HarperCollins, presentaron en Nueva York una demanda contra el Archivo de Internet por violaciones de derechos de autor relacionadas con el proyecto Open Library . La Biblioteca Abierta de Internet Archive permite a los usuarios tomar prestados libros electrónicos escaneados de copias físicas de acuerdo con el CDL, que limita cuántas veces se puede pedir prestado. El archivo PDF puede visualizarse durante dos semanas a partir de la fecha del préstamo, y luego el libro se devuelve y queda disponible para otros usuarios. El proyecto se expandió a fines de marzo con el lanzamiento de la Biblioteca Nacional de Emergencia, que suspendió las listas de espera en respuesta a la pandemia global para que todos los libros escaneados sean accesibles de inmediato para cualquier persona con una cuenta.

La Biblioteca Abierta de Internet Archive, lanzada en 2006, es uno de los archivos digitales más antiguos de Internet. La colección de 1,4 millones de libros digitalizados se centra en materiales publicados en el siglo XX; la gran mayoría no dispone de su versión comercial en libro electrónico. La Biblioteca Nacional de Emergencia ofrece acceso a libros que no están disponibles de ningún otro modo mientras las escuelas y las bibliotecas estén cerradas por la covid-19. Los libros electrónicos de Open Library se escanean a partir de copias físicas en lugar de comprarse en su formato digital, por lo que nunca celebra un acuerdo de licencia con el editor. Por eso las cuatro editoriales –que integran la Asociación de Editores Estadounidenses (AAP)- alegan que todo el proyecto es un esquema de violación de derecho de autor al por mayor. “Sin ninguna licencia o pago a los autores o editores, (el Archivo de Internet) escanea libros impresos, carga estos libros escaneados ilegalmente en sus servidores y distribuye copias digitales literales de los libros en su totalidad a través de sitios web públicos”, plantean los demandantes.

El Gremio de Autores, la organización profesional más grande de los Estados Unidos, le escribió una carta abierta al fundador de Internet Archive, Brewster Kahle. “La práctica previa de Internet Archive de proporcionar acceso a través de Open Library a un lector a la vez por copia es en sí misma una infracción de la mayoría de los libros protegidos por derechos de autor, e ilegal. Ahora, al declarar una ‘emergencia de derechos de autor’ espuria y poner a disposición un tesoro masivo de libros con derechos de autor sin restricciones, Internet Archive ha demostrado una sorprendente falta de respeto por el estado de derecho, la piedra angular de nuestra sociedad civil y democrática (…). Ocultas tu escaneo y distribución ilegal de libros con el pretexto de dar acceso magnánimo a las personas. Pero regalar lo que no es tuyo es simplemente robar y no hay nada magnánimo en eso”.

"Todo en mi interpretación era correcto, pero nada estaba bien"



El pasado 30 de abril, Ángel Soto publicó la siguiente reseña en el diario Milenio, de México. Trata sobre el pequeño volumen Perder el Nobel, escrito por la escritora y traductora Laura Esther Wolfson y publicado por la editorial Gris Tormenta a fines de 2018.


“¿Cómo se siente perder un Premio Nobel”

¿Qué distingue a los traductores de otros eslabones de la cadena libresca? Nada los define mejor que un término robado a la zoología: anfibios. Como pocos, los traductores experimentan el tormento placentero de llevar una vida doble. Se juegan el nombre para deleitar a dos antagonistas igual de severos: el autor de una obra y su futuro lector.

Dice Alberto Manguel que “traducción es el nombre que usamos para designar el acto más íntimo de la lectura, porque toda lectura es una traducción”. Entonces, ¿renunciar a esa transacción lingüística equivale a privarse del placer de la intimidad?

En 2005, la traductora estadunidense Laura Esther Wolfson fue invitada al PEN World Voices como intérprete de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, quien por entonces era un personaje más bien desconocido para la mayoría. Nadie imaginaba que diez años más tarde la autora de Voces de Chérnobil ganaría el Premio Nobel de Literatura.

Entrenada desde la universidad en lengua y cultura rusa, Wolfson resultó ideal para el trabajo. La calidad de su interpretación simultánea consiguió que Alexiévich contactara a su agente para proponerla como encargada de traducir sus libros al inglés.

Su desempeño en aquella sesión la elevó a una posición de superestrella local de la traducción. Pronto comenzaron a llover las ofertas para trabajar con otros autores rusoparlantes. Su futuro cercano se antojaba prometedor. Excepto que una enfermedad respiratoria crónica y costosa frenó su despegue. Aun con una precaria salud a cuestas, Wolfson halló tiempo y energía para realizar las pruebas de traducción que solicitaba la editorial.

Las siguientes líneas pertenecen a Perder el Nobel, ensayo ganador en 2017 del premio Notting Hill Editions que se otorga en Reino Unido, y que publicó en México la editorial Gris Tormenta.

Escribe Wolfson:

“Terminé las páginas y las dejé a un lado. Cuando volví a ellas unos días más tarde, me sentí desconcertada: ¿Qué le había hecho a Svetlana? Todo en mi interpretación era correcto, pero nada estaba bien. [...] Rechacé el proyecto alegando problemas de salud”.

Pero Wolfson sabía que no era su enfermedad el verdadero motor de aquel rechazo. Era la sensación de impotencia ante la imposibilidad de extender con honorabilidad el acto literario de Alexiévich a su propia lengua.

¿Cuántas horas habremos malgastado pensando en las oportunidades perdidas? En 2015, cuando el mundo por fin descubrió la literatura de Alexiévich tras el anuncio del Nobel, Wolfson pasó días y noches alternando la recriminación a sí misma con reflexiones sobre las circunstancias desaprovechadas. Pero consiguió lo que pocos logran: encauzar sus frustraciones hacia la creación. Así, encontró tiempo para dedicar a sus propias aspiraciones como escritora, aunque no abandonó por completo la traducción, ese oficio que adoptó con la entraña de quien defiende a su patria en un combate, y que ejerció incluso en los linderos de la convalecencia.

En Perder el Nobel, Wolfson traza su propio viaje del héroe, con sus vicisitudes, rechazos, profundidades y recompensas. Y, claro, su propio retorno a casa, luego de haber hallado el elixir del conocimiento.

martes, 2 de junio de 2020

No jodan: negocios son negocios


Por si no quedó claro, las ferias del libro son negocios. En primer lugar, para los organizadores que, por ejemplo, cobran cifras millonarias a los países o ciudades “invitadas de honor”. También a los expositores y a los concesionarios de los distintos servicios que ofrecen. Los expositores, por su parte, las utilizan para promocionar sus libros –raramente las ferias dan verdaderas ganancias– sobre todo ante el público que no va a las librerías, pero que se acerca a las ferias del libro con la misma lógica que va a las exposiciones del agro, de la industria, del automóvil, etc. Se trata de un paseo, generalmente familiar y punto. Pero para disimular su naturaleza comercial, algunas ferias del libro, apoyándose muchas veces en la necesidad o la vanidad de quienes escriben, disimulan sus propósitos con actos culturales. Estos incluyen la presentación de un libro sobre la psicoprofilaxis de la lactancia materna, la biografía no autorizada de una vedette del espectáculo, la sesuda investigación de un periodista de televisión, un youtuber, etc. Entonces, sin demasiada necesidad de explicar nada, la fachada que esconde al negocio es la suma de libro + acto, como si ambas cosas malamente conectadas tuvieran que ver con la cultura.

Por supuesto hay matices: la Feria del Libro de Frankfurt sólo abre dos días al público. El resto del tiempo se trata de editores y agentes comprando y vendiendo. El papel que cumplen los pocos escritores invitados en ese marco es más bien patético porque, a decir verdad, nadie los tiene en cuenta. Prácticamente no hay “actos culturales”, salvo que se quiera suponer que la firma de contratos tiene algo que ver con la cultura.

Toda esta parrafada viene a cuenta de la nota, firmada por Daniel Gigena, en el diario La Nación, de Buenos Aires, publicada el pasado 28 de mayo, con un título optimista, pero de ningún modo comprobado, donde se anuncia la realización, en octubre próximo, de las ferias del libro de Frankfurt y de la de Madrid.

Ferias del Libro de Madrid y Frankfurt:
lo peor de la pandemia 
empieza a quedar atrás

Los anuncios hechos casi en simultáneo indican que, para los organizadores de grandes eventos en Europa, lo peor de la pandemia de coronavirus empieza a quedar atrás. Tanto el director de la Feria del Libro de Madrid , Manuel Gil, como el de la Feria del Libro de Frankfurt, Juergen Boos, anunciaron que ambos encuentros se realizarán en octubre.

Hoy, en una conferencia de prensa que se transmitió por YouTube, Boos se mostró confiado en que la 72ª edición de la Feria del Libro de Frankfurt, la más importante del mundo, se celebrará entre el 14 y el 18 de octubre. Esas eran las fechas originales previstas. “Todavía no podemos decir cómo será, pero está claro que será un evento especial –dijo Boos–. Estamos incorporando las medidas que se debaten a nivel nacional y estatal en nuestra planificación de forma continua, ya que nuestra máxima prioridad es la salud de nuestros expositores, visitantes extranjeros y el público”. Según adelantó, esta “edición especial” combinará el programa clásico con propuestas digitales. La digitalización del encuentro estaría orientada a la negociación de derechos, charlas, conferencias y actividades para profesionales.

Según comentó, varios agentes y editores se mostraron interesados en asistir a Frankfurt aun en medio de “estas terribles circunstancias”. No obstante, advirtió que la presencia de representantes de Estados Unidos, América Latina y algunos países asiáticos no estaba asegurada. “Es una situación muy cambiante”, agregó. Se limitará el ingreso de visitantes, habrá cambios en la logística y en la distribución de stands, y no se descarta la utilización de sedes alternativas. “Este año, es más importante que nunca que la Feria se celebre –declaró Boos vía Zoom–. Habrá una programación in situ combinada con una oferta digital orientada al futuro”.

Los detalles del programa “Future Frankfurt” recién se anunciarán a fines de junio. Los miembros del comité ejecutivo adelantaron que se tendrán en cuenta todas las medidas de prevención; una cuestión nada menor es decidir si los visitantes extranjeros deberán cumplir con un periodo de aislamiento una vez que arriben a Alemania. Algunos editores esperan que esta edición tenga una escala menor a la habitual; otros creen que si los grandes expositores internacionales como Penguin Random House, Harper Collins y Hachette no pueden asistir, la feria no tendría mucho sentido.

El país invitado de honor en 2020 es Canadá, cuya participación tampoco está asegurada. En Frankfurt se debate la idea de aplazar por un año la presencia institucional canadiense, con lo cual España (invitado de honor en 2021) sería homenajeada en 2022.

Madrid agasaja a las escritoras
Por su parte, a medida que avanza el desconfinamiento en España, los organizadores de la Feria del Libro de Madrid compartieron días atrás la imagen de su 79ª edición, que se prevé celebrar entre el 2 y el 18 de octubre en el Parque de El Retiro. Las fechas originales de la feria madrileña iban del 29 de mayo al 14 de junio, pero a causa de la pandemia la inauguración debió postergarse . El país invitado de honor en esta ocasión es Colombia aunque, debido a que América del Sur será por varias semanas epicentro de la pandemia de coronavirus , no está confirmada la participación de la delegación colombiana (con más de cincuenta escritores de ficción y no ficción invitados, sin contar la comitiva de editores del país de Gabriel García Márquez).

El diseño y dibujo del cartel de la edición 2020 de la Feria estuvo a cargo de Nuria Riaza, una ilustradora que asoció la lectura y la escritura como símbolos de empoderamiento de las mujeres. Manuel Gil, director de la Feria, señaló que en la obra de Riaza “prima y brilla la relación emocional que se establece entre una escritora y un libro”. Por razones sanitarias, la presentación del cartel de la Feria se hizo en forma virtual con los hashtags #FLMadrid20 y #LaCulturaEnPie .

En palabras del director de la feria madrileña, en esta edición se rendirá homenaje a las escritoras que, a lo largo de la historia de la literatura, “han tenido que escribir bajo la condición de anónimo, debiendo ocultar su nombre, crear bajo seudónimo y es por extensión, también un homenaje a las mujeres lectoras, hoy mayoritarias en su acercamiento al libro, la literatura, y la lectura”. El dibujo, pintado con bolígrafo azul y bordados en hilo de algodón, intenta evocar a creadoras de universos literarios indelebles como Mary Ann Evans (George Eliot),las hermanas Brontë, Louisa May Alcott, Violet Paget (Vernon Lee), Karen Blixen (Isak Dinesen), Colette, Rosalía de Castro, J. K. Rowling y, por supuesto, Jane Austen.

lunes, 1 de junio de 2020

"Un objeto para ser compartido por la polis"

El 29 de mayo pasado, el diario Perfil, de Buenos Aires, publicó la siguiente columna del dramaturgo, director teatral y actor Rafael Spregelburd, a propósito de las medidas tomadas durante la pandemia por una biblioteca en Cataluña para el préstamo de libros.

Chupando libros

España e Italia entraron en otra fase. Todo lo que usted quería saber sobre el mundo y no se atrevía a preguntar está por redefinirse de manera crucial. Los protocolos son una mezcla de epidemiología, azar, esperanza y salchichón con jamón. Es lo que tarde o temprano nos espera, así que no dejo de seguir con inquietud la nueva normalidad italo-española. Las playas italianas serán un desfile de plásticos y desesperados. Yo creo que este verano es mejor dejarlo pasar y cruzar los dedos para el próximo.

Una amiga trabaja en una biblioteca en Cataluña. Las salas de lectura están cerradas, pero en principio la gente ya puede pedir libros para llevar a casa. El boletín que explican las normas de asepsia hace pensar que el Kindle no era tan mala idea, después de todo. Cada libro devuelto debe ser puesto catorce días en cuarentena, no vaya a ser que el usuario haya chupado sus páginas con lascivia o aburrimiento o haya estornudado sobre ellas o lo haya frotado contra su(s) pecho(s). Los bibliotecarios manejan desde ahora un material potencialmente contagioso: son los libros.

Es una definición de libro que no deja de desagradarme. El libro de la biblioteca es libro por excelencia, el non plus ultra de los libros: un solo objeto para ser compartido por la polis; una suerte de virgencita de yeso de casa en casa, llevando y trayendo lo que haya para llevar y traer. Y contagiando.

Ya ven: no solo el teatro era potencialmente contagioso. Libros y billetes están en el top ten de armas químicas actuales. Me pregunto si los billetes resistirán catorce días de cuarentena.