domingo, 14 de agosto de 2011

El SPET y Fiódor Dostoievski en agosto

Martina Fernández Polcuch y Uwe Schoor, coordinadores del SPET nos informan que jueves 25 de agosto, a las 18:30, en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515 - CABA), el traductor Omar Lobos disertará sobre las traducciones de Dostoievski al castellano.

Omar Lobos es licenciado en Letras, traductor y docente de literatura rusa, y escritor. Ha traducido Crimen y castigo y Los hermanos Karamázov, de Fiódor Dostoievski, obras de Aleksandr Pushkin, Antón Chéjov y Ana Ajmátova, entre otros. Es asesor editorial en Ediciones Colihue e investigador de historia indígena pampeana. Dirige la colección Senderos de los Pueblos Originarios de América en Ediciones del Sol. En 2011 se publicó su novela La veranada del chachai Calfucurá.
Lecturas sugeridas:

Lobos, Omar: Los oficios de Pierre Ménard (disponible en versión online)
Lobos, Omar: “Introducción”. En: Dostoievski, Fiódor: Crimen y castigo. Buenos Aires, 2007, pp. VII-XXVII.
Lobos, Omar: Traducir los hermanos Karamázov [fragmento]
Selección de fragmentos de distintas traducciones de Crimen y castigo
Como en ocasiones anteriores, quienes confirmen su asistencia a spet.llvv@gmail.com y spetlenguasvivas.blogspot.com recibirán por correo electrónico el material de lectura sugerida para este encuentro. A partir del 16 de agosto el material también estará disponible en la fotocopiadora del Lenguas Vivas (en el subsuelo, junto a la Biblioteca central).

sábado, 13 de agosto de 2011

Otra de la academia irreal: los latinoamericanos tenemos que hacernos cargo de los complejos de los españoles respecto de los franceses

Publicado en la sección donde se dialoga semanalmente con los lectores, la periodista Lucila Castro , del diario La Nación, de la Argentina, da cuenta del descubrimiento del lector Fernando Ricciardini. Por su interés, se reproduce a continuación. La imagen que ilustra esta entrada corresponde a una secuencia del francés Carle Vernet sobre la rendición de Madrid ante Napoleón, en 1810.

Complejos y prejuicios 

"Atento a la frecuente y extensiva utilización del participio munido en el lenguaje burocrático vernáculo (administrativo, judicial, policial, institucional, por nombrar algunos), especialmente en las esquemáticas fórmulas prescriptivas, por ejemplo «Deberá concurrir munido del certificado de habilitación», me surgió la inquietud de averiguar su origen y significación. Para mi sorpresa, no se encuentra incorporada la palabra munir en el Diccionario de la Real Academia Española ( DRAE ). Sí se registra muñir , que en su primera acepción significa ´concertar, disponer, manejar las voluntades de otro´ y ´llamar o convocar a las juntas o a otra cosa´ en la segunda", escribe Fernando Ricciardini.
Como puede verse por las definiciones que cita el lector, el verbo muñir , que tiene otro origen, no está relacionado con munido . En cuanto a munido , bien observa Ricciardini que es un participio, por lo que no hay razón para que esté en el diccionario, porque los verbos figuran en los diccionarios por sus infinitivos, pero si buscamos munir o munirse , comprobamos que tampoco está. Y, si consultamos el sitio de la Academia en Internet ( http://www.rae.es/ ), tampoco encontramos indicación de que se haya decidido incluirlo en la próxima edición del DRAE .

Curiosamente, munirse figura en el Diccionario panhispánico de dudas ( DPD ). Esto es curioso porque, si bien es cierto que en el DPD se registran muchas palabras y construcciones que la Academia considera inaceptables, en esos casos siempre las escribe con un signo que lo indica, y munirse no tiene esa marca infamante. Leemos en el DPD : "munir(se). ´Proveer(se)´ : «Los cazadores deberán munirse de licencia de caza en los clubes de esa especialidad» ( DPrensa [Arg.] 24.4.92). Este verbo, tomado del francés munir , se documenta en español desde las primeras décadas del siglo XX, siempre en infinitivo o participio, pero no parece haberse generalizado en el uso; hoy tiene cierta vitalidad en algunas áreas americanas, especialmente en el Cono Sur, y es infrecuente en España. Es preferible emplear en su lugar los verbos tradicionales proveerse , pertrecharse o armarse, así como sus respectivos participios, provisto, pertrechado y armado".

En el artículo del DPD se nota cierta vacilación. La voz no se rechaza de entrada, pero se advierte que es preferible usar otras. Y se dice que "no parece haberse generalizado en el uso", pero que "tiene cierta vitalidad en algunas áreas". La explicación puede estar en dos hechos: fue tomada del francés y se usa menos en España que en América.

Munirse y munido son de esos galicismos que en un tiempo fueron considerados vitandos por los puristas. Cuando se incorporan voces extranjeras, una actitud prudente no es descabellada en un primer momento, pues muchas de esas novedades no pasan de ser una moda efímera. Pero con el tiempo las cosas se asientan y algunas de esas palabras se adaptan perfectamente a la fonología y gramática de la lengua que las recibió y ya no deben considerarse extranjerismos. Así sucedió con los galicismos que invadieron el español durante el siglo XIX y la primera parte del XX: muchos fueron olvidados y otros llegaron para quedarse.

Por supuesto, en determinado momento, por circunstancias históricas y culturales, unas lenguas son las que más dan y otras son las que más reciben, pero los intercambios ocurren siempre. Hoy en día, ante la pérdida de influencia del francés y la invasión de anglicismos, los galicismos ya no inquietan tanto. Y los puristas pueden tranquilizarse considerando que munirse y munido vienen del latín. El verbo latino munire significa básicamente ´fortificar´ (de ahí munición ), pero tiene acepciones figuradas por las que se llega al sentido que le damos actualmente. Muchas palabras latinas se perdieron y fueron retomadas en algún momento de la evolución de las lenguas romances (son los cultismos) y adquirieron sentidos nuevos.

Si munirse fuera más frecuente en España, seguramente la Academia lo habría incorporado ya al diccionario oficial, pero como se usa más en el lejano Cono Sur, y las academias sureñas al parecer no han reclamado su incorporación, solo ha merecido un artículo ambiguo en el de dudas. No suena lindo, es verdad, pero esto se debe a que pertenece al léxico burocrático y, cuando aparece en el lenguaje corriente, se usa por imitación, no siempre burlesca, de aquel. Y que no sea lindo no significa que sea execrable.

viernes, 12 de agosto de 2011

Clarísimo: Nid wyf yn y swyddfa ar hyn o bryd


Para que quede claro que no sólo nos las agarramos con los errores yankis, acá va otro hallazgo que merece su entrada en el Proyecto Cartele. El problema, esta vez, se suscita en Gales.

Silvina Poch, traductora del inglés y frecuente asistente a las reuniones del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires nos envía la siguiente información que explica las razones por las que se sube la foto que precede a estas palabras.

Según nos cuenta, "parece que cuando quisieron poner la versión en galés de un cartel que estaba en inglés, mandaron un mail para pedir la traducción y pusieron directamente el mail de respuesta, sin chequearlo. Éste en realidad decía algo así como "en este momento no estoy en la oficina. Por favor, mande el trabajo a traducir", cuando el letrero en inglés en realidad prohibía el acceso de camiones en una calle cercana a un supermercado de una zona residencial.

Quien desee ver la noticia completa, además de otra lista de barbaridades semejantes, puede remitirse a http://news.bbc.co.uk/2/hi/uk_news/wales/7702913.stm

jueves, 11 de agosto de 2011

En Nottingham no había estos problemas


El 1 de marzo de este año, Xosé Castro Roig publicó un interesante artículo en El Trujamán a propósito de los derechos de autor en España. Lo reproducimos a continuación.









Piratas y Robin Hoods

La cuestión de la que quiero hablar es compleja, lo suficiente como para no poder cubrirla en un artículo de unos cientos de palabras, pero lleva tiempo en el candelero y continuará estándolo una buena temporada: se trata de la piratería y los derechos de autor. Mi intención es solo sembrar algunas dudas o ideas.

En España, crecen las reacciones adversas ante la política de la SGAE de cobrar derechos de autor –a veces, de un modo algo insólito– por la música que se oye en lugares tan peculiares como bodas, encuentros informales o peluquerías. También ha aumentado la reacción adversa al canon europeo que debemos pagar cada vez que compramos, por ejemplo, una impresora multifunción con fotocopiadora, pues se supone que un porcentaje notable de usuarios la emplearán para… piratear libros; y, en fechas recientes, crece la oposición a la denominada «Ley Sinde», la cual, gracias a Wikileaks, sabemos que fue ideada, en parte, en escritorios de los Estados Unidos.

Pero yo no quiero hablar de movimientos ciudadanos ni de leyes. Dada la extensión de este artículo, solo me gustaría dar dos pinceladas sobre traducción y derechos de autor. Y es que en los múltiples debates que ha habido en torno a la cuestión, salen a relucir unos argumentos preocupantes. No cabe duda de que si alguien genera un producto sujeto a copyright, que luego se vende ilegalmente, el poseedor de los derechos de autor sufre una merma de sus beneficios. Dicho de otro modo: si yo traduzco una película y esta se descarga de Internet ilegalmente, yo dejo de cobrar los derechos de autor que cobraría por la venta de esa película a determinado número de espectadores. Lo mismo pasa si fabrico un producto exclusivo, se plagia y se vende ilegalmente. ¿O no…?

Algunos aducen que se descargan algunas películas de Internet, porque, al fin y al cabo, nunca pagarían por verlas en el cine o no tendrían tiempo para verlas en televisión. ¿Deberíamos entonces llevarnos gratuitamente productos de las tiendas si nunca iba a ser nuestra intención usarlos?

Lo que sí es cierto es que algunos de los defensores de los derechos de los autores no están dando el mejor ejemplo ni parecen demasiado celosos de su reputación. La SGAE es una sociedad de autores (no un club, recordemos), en el que todos los socios, según su estatutos, tienen similares derechos. Cuando los adalides de la reivindicación son músicos famosos, pero no vemos entre sus filas a escritores o traductores, sale a relucir una triste constatación: cuanto más dinero generes, más derechos pareces tener, y surgen diferencias de clase entre socios. Así, para sorpresa de muchos, la SGAE se esfuerza con denuedo por cobrar los derechos de tal famoso cantante, pero no mueve un dedo para que los traductores audiovisuales cobremos nuestro porcentaje por los subtítulos de películas que escribimos, por citar tan solo un ejemplo de desigualdad entre socios. Paradójicamente, estos derechos sí que los paga DAMA, la otra sociedad de gestión de derechos de propiedad intelectual que surgió en 1999.

De lo que no cabe duda es de que el paradigma está cambiando: cada vez más gente quiere ver la televisión (y eso incluye el trabajo de traductores) cuando mejor le conviene y, por otro lado, el libro electrónico está empezando una breve pero veloz andadura.

Los intermediarios están cambiando. Hasta ahora, es la distribuidora o la editorial la que se lleva un buen pedazo de la tarta, pero con el pirateo en Internet y la reducción de costos de distribución por las descargas, pasan a lucrarse grupos, ya no empresariales, sino de particulares que crean webs con enlaces a material pirateado.

¿Debemos acabar con la Ley de Propiedad Intelectual? ¿Es la persona que piratea una especie de Robin Hood, como se insinúa en algunos debates sobre esta cuestión? ¿Debemos acabar con el registro de patentes y marcas? ¿Debería el autor o traductor de una obra intelectual o de una invención ganar dinero únicamente vendiendo su producto y que este, desde el primer momento, pudiera ser plagiado? ¿Es lógico que en un mundo globalizado, ciertos productos cuesten más que hace diez años cuando el público objetivo se ha multiplicado por diez o cien?

Como ven, soy un mar de dudas, y no tengo respuesta firme para casi ninguna.

miércoles, 10 de agosto de 2011

A joderse, tío

De acuerdo con lo que señala la Wikipedia, José Playo (Córdoba, Argentina, 1974)) es un Licenciado en Ciencias de la Comunicación y escritor, "que comenzó publicando sus primeros artículos en una revista creada y editada por él que circuló en la capital de dicha provincia mediterránea entre los años 2003 y 2007, titulada Peinate que viene gente ('Peinate' sin tilde y acentuada en la "a", ya que es correspondiente al español rioplatense". El artículo en cuestión señala que su sitio web "fue elegido junto a otros diez sitios de Internet como los mejores blogs  de habla hispana del mundo por la cadena alemana Deutsche Welle". Precisamente en ese sitio se encuentra la entrada que se reproduce más abajo y que fue subida el 23 de noviembre de 2009. Quien desee verla en su lugar de publicación original puede hacerlo siguiendo el link http://revistapeinate.com.ar/2009/11/23/esas-guarras-traducciones/

Esas guarras traducciones

He coqueteado mucho con la idea de escribir una Carta abierta a los traductores perezosos, para que le saquen de una vez a Auster y a Bukowski los coños y las pollas de la boca. Y si no lo hice hasta ahora fue por falta de tiempo, no por desidia.

En mi corta carrera de lector me he dado con este fenómeno varias veces: al parecer, los latinoamericanos estamos condenados a sobrellevar el follón quilombo idiomático como podamos, porque los libros que queremos leer desembarcan en nuestro puerto con serios problemas de traducción: una muchacha adinerada es una pija; un sopapo es una hostia; los enemigos van a tomar por culo y Stephen King es un jodido cabrón.

Sobrellevé este empacho lingüístico monopólico con dignidad durante toda mi adolescencia y buena parte de mi vida adulta. De alguna manera, los de mi generación soportamos las lecturas grupales haciéndonos la idea de que protagonizábamos una versión paródica de un filme de Almodóvar:

—”¡Cógele la cabeza a esa pija y larguémonos de aquí!” —leía uno.
—Ja. Cojonudo, el culiado —contestábamos todos.

Empecé a tomar real conciencia de que esto representaba un problema cuando me quise poner a escribir mis propias historias. Mis protagonistas vivían en el barro de una Argentina convulsionada y caótica, pero hablaban como Federico Lupi en Plata dulce:

—Quítese la jodida chaqueta y venga aquí —decían mis cordobeses de arrabal plástico.

Algo, chaval, no andaba bien. Pero contaba con poquísimos elementos para comprender de qué se trataba. Hasta el momento creía yo que la única manera de escribir en castellano era copiando los parlamentos de la Coca Sarli cuando se manoseaba las tetas:

—Salga, ¿qué hace? ¿Qué quiere usted de mí?

Yo sentía que los argentinos no teníamos identidad lingüística, éramos algo a mitad de camino entre un mudo y un alumno muy malo.

De no haber sido por la escritura, por mi empecinamiento con la escritura, jamás me hubiera preocupado acallar esa voz interior que me dictaba en un español hermético cómo debía contar las cosas, qué palabras no se podían usar. Hoy, luego de consultar este tema con amigos que saben más que yo, alcanzo a comprender que la culpa no es del chancho, sino del gilipollas que le da de comer: al parecer, sale más barato que los libros vengan traducidos así. Y entonces a joderse, tío.

Cuando tuve la oportunidad de volcar mis textitos poco pretenciosos a la web, el primer problema que encontré vino con sello importado: fuera de Argentina, nuestra magra y joven materia discursiva no se entendía un carajo. Ergo: los lectores foráneos se pasaban por las bolas mis giros localistas, mis referencias barriales, mis parlamentos radiográficos.

Me costaba y me cuesta mucho entender porqué si acá aceptamos desde siempre esas guarras traducciones horriblemente lejanas a nuestra realidad, a algunos les cuesta tanto esfuerzo descular un párrafo con dos o tres palabras en perfecto lunfardo.

Este desafío a la hora de narrar me acompañó un tiempo. Yo quería escribir en el idioma que escucho todos los días cuando cojo un taxi o cojo el metro. Me gusta escribir en el idioma en que cojo, pero me sentía incómodo haciéndolo y eso era porque desde que tenemos edad de sostener nuestros propios libros venimos leyendo lo que le sale de la punta de la polla a los traductores perezosos.

Tuvieron que pasar varios ejemplares bajo mis pestañas para que entendiera que esa voz no era la única, y que había fuera de los suplementos culturales todo un mundo esperando a ser descubierto. En algún momento (quizá a mitad de camino entre Junot y Cristina Bajo) me quité el peso de encima y dejé de esforzarme por escribir como si estuviera en un puticlub madrileño.

Ha sido una buena decisión (para mí, no sé si para mi escritura): ya no me interesa ahondar en detalles sobre qué es un papo, un chirlo, o cómo brilla el sol cuando la tarde rueda sobre la superficie de La Cañada. A mí me gusta contar historias, al resto lo pueden encontrar en el Google los interesados.

Luego de décadas gastando pasta en traducciones cutres, tal vez sea hora de que dejemos de pensar que hay una sola forma de decir las cosas: estoy hasta las pelotas de que mis héroes literarios “se líen con una tía”, “monten un negocio”, “alquilen un piso” y “se soplen la polla”. Tengo sed de localismos, de giros de calles cercanas, de registros costumbristas de veredas que yo pueda palpar.

Ya no quiero boquear en medio de una catarata de traducciones incomprensibles.

Nunca como hoy he sentido más viva estas lenguas que me lamen los oídos desde lugares familiares, donde sigo descubriendo a autores valiosos que se quitan los guantes sobre el teclado y ponen lo que les sale de los cojones a las historias que nos van contando, a nuestras historias.

Mola la pluralidad, vislumbrar el río de tinta desde la orilla opuesta, que le digamos esto a los lectores que vienen, a los aprendices de escritores que ya están empezando a buscar “gilipollas” en el diccionario: vale la pena escribir como hablamos.

Yo hablo en argentino. Para peor, en cordobés. Esa es la música de mi historia; ¿para qué coño negarlo?

martes, 9 de agosto de 2011

Pocos cuestionan el funcionamiento del mercado

El periodista Guido Carelli Lynch firma una nota, en la edición del domingo 7 de agosto pasado en Clarín, a propósito de los probables cambios que tendrán lugar respecto de los derechos de autor cuando se imponga el libro digital.


Los derechos de autor pueden
dar vuelta la pelea en el mundo digital

Un libro con 200 páginas en blanco no es un libro, es un objeto. Los escritores –en colaboración con editores e ilustradores– son quienes los dotan de contenido, de sentido. Por convertir ese objeto en, por ejemplo, una novela –y en el mejor de los casos en un best-seller– se llevan, en promedio entre un 8 y un 12 por ciento del precio de tapa de cada ejemplar. “¿Cómo puede ser que el trabajo del autor, todo lo que le da alma y vida a una publicación se lleve el 8 por ciento? Para mí es injusto. ¿Cómo se lucha contra eso porque así trabaja la mayoría de las editoriales?”, se preguntó Horacio Altuna antes de largar la sentencia que sirvió de título a la nota publicada en Clarín el mes pasado: “Si pudiera, los editores tradicionales no me verían más el pelo”. El dibujante, coautor de El loco Chávez , revivió –con una expresión de deseos, como la definió luego– un viejo debate, pero que siempre tiene ingredientes nuevos. ¿Quién decide esos porcentajes? ¿Son justos? Altuna presentaba su flamante libro Cuadernos secretos a través de Orsai, la novedosa editorial alternativa de Hernán Casciari, que paga 50 por ciento de derechos de autor y prevende sus libros por encargo en la web y sin intermediarios. Casciari, autor del boom bloggero, editorial, teatral de Más respeto que soy tu madre , había pateado el tablero un año antes, al renunciar a la industria editorial tradicional. “No quiero saber más nada con Grijalbo porque nunca supe si habían vendido un ejemplar. No me lo dijeron jamás, ni telefónicamente, ni por la vía habitual de depositarme la guita en el banco”, se quejó con humor en un recordado post en Orsai.es.

Buena parte de los autores y editores tienen una opinión formada al respecto, pero cuando se enciende el grabador, son pocos los que se animan a cuestionar cómo funciona hoy el mercado. Uno de ellos provoca: hablar de estas cuestiones sin cifras, es hacer demagogia. Para no darle la razón hay que aclarar que –a grosso modo– los distribuidores se quedan con un 15 por ciento y el librero con un 30, o más, siempre hablando del precio de tapa. Así que la mayoría de los consultados coincide en que el proyecto de Orsai es una bocanada de aire fresco pero imposible de replicar a gran escala.

Daniel Divinsky, dueño de Ediciones de la Flor concede que el monto que se llevan los libreros y los distribuidores en comparación con lo que percibe el autor es asimétrico. “Pero por alguna razón ese porcentaje, con pequeñas variaciones, es el que rige en muchos países. En Europa y en los Estados Unidos se parte de un 7 o 7,5 por ciento. También es ‘asimétrico’ lo que recibe el asalariado por su trabajo en relación con lo que ganan los que se benefician del producto de ese trabajo. Creo que se llamaba ‘plusvalía’”, ironiza.

Las instituciones que nacieron para velar por los derechos de los escritores son las que más levantan la voz, sólo que los escritores no participan masivamente en ellas. “Es evidente que el escritor es el eslabón más débil en la cadena del libro y es a quien menos le interesa el libro como eje de una operación comercial”, dice Alejandro Vaccaro, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Graciela Aráoz, de la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina (SEA) es más categórica: “El que recibe el 10 por ciento deja un 90 flotando en la nebulosa de editores, distribuidores y libreros. Es decir que el escritor le da de comer a mucha gente”, explica.

No todas las quejas de los autores que se animan a aparecer con nombre y apellido giran alrededor de los porcentajes por derechos. Para Sergio Olguín, que además de autor es editor, el verdadero problema de los escritores argentinos es la duración de los contratos que los atan con las editoriales.

“Ahora pueden llegar a ser por diez años, algo mejoramos”, se felicita. Para Olguín es necesario corregir muchas cosas, entre ellas las demoras en el pago del adelanto al momento de entregar el original a la editorial. No todos los escritores se quejan. Pablo Ramos, por citar un nombre, se atrevió a hablar on the record y señala que el porcentaje es bajo, pero que en Europa a veces es menor. “Yo podría editar mi propio libro y ganar mucho dinero porque vendería sin necesidad de estructura, pero elijo la editorial Alfaguara, porque editar en una editorial grande es un sueño que aún vivo con sorpresa”, dice con cierto romanticismo.

Los libreros tampoco la tienen fácil: Pablo Pazos, de Arcadia Libros, dice que “si bien en los últimos años abrieron muchas librerías, también están cerrando en la misma proporción”.

Pero ¿cómo juega en esta discusión el tan temido –y deseado– desembarco del e-book? Desde la multinacional Santillana –que edita a Ramos y a Mario Vargas Llosa, entre tantos autores–, llega una clave: “El mercado del libro digital se está organizando como para medirlo en términos de justicia”, dice Antonio Santa Ana, gerente de Literatura General. En el mundo digital, sin intermediarios ni libreros, las regalías por derechos pueden trepar hasta el 50 o 70 por ciento. Plataformas de autoedición online como Self-Publishing y editores de libro de autor (como Scribd, Autor-House, Xlibris, etc.) ofrecen hasta un 80 por ciento de derechos de autor .

Guillermo Shavelzon, uno de los agentes con mejor cartera de escritores en España y América latina, está convencido de que los derechos cambiarán. Señala que la venta de e-books en español es mínima, porque es muy baja la existencia de dispositivos de lectura, pero asegura que las grandes corporaciones informáticas lo que quieren es vender dispositivos.

Desde Frankfurt, Gabriela Adamo, directora ejecutiva de la Feria del Libro porteña, es fatalista y optimista a la vez. “Tal como está estructurado el negocio es imposible que los autores recauden más derechos, porque el margen de las editoriales es muy bajo”, dice, pero se entusiasma a la hora de imaginar una plataforma de distribución electrónica propia, independiente de Google, Amazon y compañía.

Ramos, con menos poesía pero con autenticidad, asume la complejidad de este entuerto: “La verdad es que como están dadas las cosas en el capitalismo, los intermediarios son una mierda. Pero también dan laburo”.

lunes, 8 de agosto de 2011

Una buena cuota de incertidumbre



Con firma de Tom Brady, el New York Times publicó el siguiente artículo, incluido sin mención de traductor en la edición argentina de The New York Times / Clarín, correspondiente al sábado 6 de agosto pasado.






El Waterloo de Gutenberg

El auge de los libros electrónicos ha cambiado más que los hábitos de lectura. Kindles y Nooks han modificado la industria editorial, y también la forma en que se enseña a la gente a ingresar en la actividad editorial se está adaptando.

Un curso de seis semanas de la Universidad de Columbia en Nueva York que prepara a entusiastas egresados universitarios para una carrera editorial y comprende edición de libros, ventas, diseño de portadas y publicidad, se mantuvo sin cambios durante décadas.

Este verano (boreal) es diferente.

El Curso Editorial de Columbia ofreció charlas de ejecutivos del sector que explicaron cómo dominar el e-marketing, mientras que especialistas del ámbito digital hablaron sobre la edición electrónica en formatos reducidos –algo a medio camino entre un artículo de revista y un libro–, un campo tan nuevo que ni siquiera tiene nombre aún, informó el New York Times.

Todo eso redunda en una buena cuota de incertidumbre.

"Es un momento aterrador para ingresar al sector", declaró al New York Times Douglas Stewart, un agente literario. "Es algo que todos pensamos al ver el mar de rostros ansiosos. Me pregunto si deberían dedicarse a eso en este momento".

Pero no todos se sentirán decepcionados si se publican menos libros.

Bill Keller, el director ejecutivo del New York Times, se pregunta por qué su personal escribe libros si en Estados Unidos la venta de libros impresos viene en declinación desde 2005, según un grupo del sector.

Cuando un joven periodista brillante anunció que iba a sumarse a las filas de los escritores, la reacción de Keller fue de pesar. "Sí, puede escribir un libro. Pero, ¿por qué querría hacerlo? ¿Por qué a alguien se le puede ocurrir hacerlo?".

Sus pronósticos sobre la desaparición de los libros tienen una motivación egoísta. Si los libros cayeran en el olvido, escribe: "Claro que extrañaría los libros, y también lo harían mis hijos, pero por lo menos la muerte de los libros pondría fin a la molestia de que todos los que trabajan para mí escriban o quieran hacerlo. ¡Podría recuperar mi personal!".

Si los libros desaparecen, habrá mucho "contenido" para reemplazarlos, como escribió James Gleic en el New York Times. La Biblioteca Británica anunció en junio que trabaja con Google en la digitalización de cuarenta millones de páginas de libros, panfletos y periódicos que se remontan hasta la Revolución francesa. La Biblioteca Digital Europea, Europeana.eu, puso el año pasado más de diez millones de "objetos" on line, entre ellos un manuscrito de pergamino búlgaron de 1221 y la piedra rúnica de Rok sueca, de alrededor del año 800.

A algunos les preocupa que la facilidad del acceso on line de alguna manera redunde en una depreciación del trabajo académico. Tristram Hunt, un historiador y legislador inglés, se quejó en un reciente artículo del "tecnoentusiasmo". "Cuando todo se puede bajar, puede perderse el misterio de la historia", escribió. "Sólo al tener los manuscritos en la mano se hace evidente el sentido real del texto: sus ritmos y cadencias, la relación de la imagen con la palabra, la pasión de la argumetnación o la fría lógica del caso".

Gleick, que recuerda la admiración que sintió al ver el primer cuaderno de Isaac Newton de 1659, no coincide: "Pienso que hay mucho de sentimentalismo, y hasta de fetichización", escribió en el New York Times. "Se relaciona con la fantasía de que aquello que uno ama de los libros es la textura del papel y el aroma del pegamento".

Pero si Keller consigue lo que quiere, muchos de nosotros evitaremos el destino de Bryan Burrough, que reseña libros para el New York Times. "Muchos buenos autores se esfuerzan por contar excelentes historias", escribió. "Pero de la gran masa de libros que cubre mi escritorio, hay muchos que no son ni siquiera buenos".