martes, 10 de junio de 2014

El proceso y un problema kafkiano en Ecuador

El siguiente artículo, firmado por el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia (1969), fue publicado en diario El Universo, de Ecuador, el 3 de junio pasado. Se habla en él de un curioso proyecto del Consejo de la Judicatura de Ecuador donde, aparentemente, no se le hace justicia a los traductores.

Kafka y el derecho del traductor

Hay muchas ediciones de los libros de Kafka. Quien fuera un discreto abogado checoslovaco, de lengua alemana, y que murió publicando apenas unos cuantos libros breves, nunca llegó a ver el éxito mundial de sus novelas póstumas, como El desaparecido (durante mucho tiempo titulada América), El castillo y El proceso. Los mejores traductores del mundo se han volcado a este autor que ha planteado tantos retos y dificultades, así como estímulos para el gran arte de la traducción. En el ámbito de lengua española, los más recientes traductores de Kafka han sido Miguel Sáenz, Juan José del Solar (recientemente fallecido), César Aira, Renato Sandoval y Rodolfo Hásler. Entre los más prestigiosos y anteriores han estado nada más y nada menos que el gran escritor argentino J. Rodolfo Wilcock, entre otros traductores como Feliu Formosa o J. D. Vogelmann. Es decir, hay toda una lista de maestros de la traducción, oficio que con el paso de los años y el reconocimiento de sus derechos, no solo en cuanto a pago por su autoría intelectual, ha logrado también un reconocimiento público de su trabajo, incorporando sus nombres hasta en la misma portada de los libros. La razón es evidente: una traducción literaria es una recreación del lenguaje y del mundo del autor a la lengua de destino. La dedicación del traductor exige no solo un talento idiomático sino una cualidad creadora de alto rigor.

Menciono esto porque tengo en mis manos una reciente edición ecuatoriana de la novela El proceso de Kafka publicada en la colección “Literatura y justicia”, emblemático nombre para un proyecto que difunde obras que vinculen la literatura con la labor que lleva adelante el Consejo de la Judicatura de Ecuador. En la contraportada de las ediciones, y específicamente en la que tengo, hay un par de leyendas que señalan los objetivos del proyecto editorial: “Vincular los aspectos que subyacen en la condición humana con las normas y sanciones que las rigen”, y poco después: “La expiación y la culpa, la equidad y la solidaridad como la prueba más alta del concepto de justicia”. En la página interior de créditos consta una larga lista de participantes del proyecto, desde el presidente del Consejo de la Judicatura, los vocales, el consejo editorial, el director de la colección, el editor general, el director de la Escuela de la Función Judicial, y luego lo indispensable: el crédito de fotógrafos, diseño, revisión bibliográfica, equipo periodístico, revisión y corrección de textos. Incluso aparecen los nombres del “Apoyo administrativo Editorial”, el “Apoyo Técnico Gaceta Judicial” (sic). Muchas personas. Aunque son muchas, digamos que está bien que vayan todas.

Pero no hay ni una sola mención al traductor del libro. Es decir, quien ha hecho la parte más importante del trabajo y que tiene derechos legales sobre el reconocimiento económico y público de autoría. Nada, ni una línea. Apenas se menciona que “Libresa S.A. cede los derechos de traducción de la obra” por esta única edición. Pero ninguna mención al traductor. Reviso entonces la edición de Libresa del mismo libro –la de julio de 2011– y tampoco encuentro ninguna mención al traductor. Reviso algunas de las traducciones de Kafka al español y no encuentro ningún parecido, hasta que doy con una de un tal R. Kruger, publicada hace más de treinta años por la editorial española EDAF, que sí se parece, palabra a palabra, con la que publica la colección del Consejo de la Judicatura.

¿Quién será R. Kruger? ¿Vivirá? ¿Sabrá que en un país muy lejano de su país de origen se han publicado miles de ejemplares de su traducción y que no consta su nombre por derecho de autor de traducción? Quiero suponer que legalmente se le habrá pagado, y en cualquier caso eso ya es tarea del mismo Consejo de la Judicatura que, de ahora en adelante, estará atento de que la editorial Libresa publique los nombres de los traductores de la vasta lista de libros traducidos que hace circular por Ecuador.

Hay que felicitar al Consejo de la Judicatura por tan hermoso proyecto –salvo este error grave de omitir el traductor– porque ha hecho mucho más que el Ministerio de Cultura que todavía no logra apoyar solventemente a la industria del libro ecuatoriano o poner en funcionamiento eficaz una red de bibliotecas (¿o es tarea del Ministerio de Educación? Entonces, ¿para qué un Ministerio de Cultura?). En resumen, cuando los funcionarios se llenan de discursos de integridad y de eficacia y de grandes reformas en el sistema judicial pero no cuidan el derecho nada menor del traductor de un libro que es quien ha cargado todo el trabajo, ¿dónde queda lo kafkiano del asunto? El prologuista de la edición ecuatoriana de El proceso de Kafka, el abogado Néstor Arbito Chica, hace un buen prólogo –donde menciona su trabajo en la reforma judicial– y consta su breve biografía junto a la de Kafka en la solapa. Supongo que el mismo prologuista se interesará por aclarar este olvido del traductor y sacarlo a la luz de un largo “proceso” editorial en el que se ha olvidado su derecho incuestionable. Supongamos que R. Kruger esté muerto, su derecho lo tendrán sus herederos, y si no hay herederos, al menos el reconocimiento público de su nombre. Quiero suponer, en honor a Kafka, que esto no se convertirá en otro largo proceso kafkiano donde se olvide el propósito básico: el derecho de cada uno de los hombres frente a un aparato descomunal que busca deshumanizar a cada individuo y controlar, sin cuestionamiento ni disensos, toda una sociedad. Ahora que hay un interesante grupo de traductores ecuatorianos, su derecho a la difusión y la concienciación social de su autoría es un principio a defender sin pretextos ni justificaciones.

Una traducción literaria es una recreación del lenguaje y del mundo del autor a la lengua de destino. La dedicación del traductor exige no solo un talento idiomático sino una cualidad creadora de alto rigor.


lunes, 9 de junio de 2014

"El énfasis de la literatura japonesa por lo fragmentario, episódico, visual

Encargado  de Cultura en@La_Segunda y editor general de@luchalibro, Ramírez Figueroa –tal su firma– entrevistó al traductor español Carlos Rubio, de paso por Santiago de Chile, a propósito de la literatura japonesa que traduce y publica.

Palillos, sushi y “nada de iluminaciones místicas”

La literatura japonesa siempre ha estado allí, aunque para Occidente (y Latinoamérica) sólo explota cada cierto tiempo y con sólo algunos representantes. El último consagrado ha sido Hakuri Murakami, antecedido de Kenzaburo Oé y, especialmente, Yukio Mishima. Sin embargo, acceder a otras obras fundacionales o cuentos incorporados al canon nipón en castellano era casi imposible. Allí entra la gran apuesta de Satori Ediciones. Fundada en España el 2008, se ha convertido en el gran puente entre Japón y el mundo hispano. Carlos Rubio, es uno de los principales prologuistas y traductores de Satori, además de dirigir la colección “Maestros de la literatura japonesa”. Un especialista que recibió el 2010 la medalla del mérito cultural del gobierno de Japón y que ha publicado ensayos como “El Japón de Murakami”, además de hacer clases en la Universidad de Tokio, Berkeley (California) y Complutense (Madrid).

¿Cómo conectó usted con la cultura oriental, específicamente la japonesa? ¿Fue un proceso personal? ¿O hubo un momento de iluminación particular?
Me enamoré de la cultura oriental por los palillos y el sushi. Fue en mis años de estudiante en Berkeley, en los años setenta. Me pareció muy difícil y misterioso eso de poder comer con dos palillos tan finos. Esa idea delicada y sutil de no agredir los alimentos cortándolos o perforándolos en la mesa con cuchillos y tenedores como se hace en Occidente. Quise aprender a usarlos. Y como además, el sushi de un restaurante cerca de la universidad era barato, me aficioné a la comida japonesa.

Después vinieron amigos japoneses que conocí entonces y me regalaron alguna novela de Mishima, tan popular por entonces en Estados Unidos como ahora lo es Haruki Murakami, y también de Kawabata. Después vino un librito sobre el tiro al arco japonés, de Eugen Herrigel. Esa filosofía de apuntar al blanco con la flecha con un corazón limpio del deseo de acertar me pareció hermoso y profundo. Y la ejecución, cuando lo ví, me pareció bellísimo, como un ballet.

Todavía hoy, cuarenta años después, sigo practicando el tiro al arco japonés. En fin, creo que mi interés fue el resultado de la confluencia de varias circunstancias en mi vida, pero me gusta destacar la de la comida. Nada de iluminaciones místicas, sino la realidad cruda y cotidiana del alimento.

Como a menudo ocurre con los amores que más duran, puedo decir que mi enamoramiento de la cultura japonesa ha sido y se ha sustentado hasta hoy en la buena comida japonesa.

¿Cuales cree que son las particularidades de la literatura japonesa en relación a la occidental?
Me parece una iluminadora del contraste entre la literatura japonesa y la occidental una frase del filósofo japonés Nishida Kitaro: “la cultura japonesa es una cultura de la emoción; la occidental, del intelecto”. Creo que estas palabras aportan mucho de una manifestación más de la cultura japonesa como es la literatura. En términos generales la apreciación estética de una poesía, relato o drama japonés posee un componente emocional y sensorial, no analítico ni intelectual, creo que más fuerte que en la literatura occidental.

La filosofía griega nos enseñó la lógica y la metafísica. El monoteísmo cristiano a desconfiar de los sentidos. Estas dos fuentes de nociones culturales –leamos o no filosofía griega o seamos o no creyentes cristianos- impregnan profundamente nuestra forma de apreciar los productos culturales.

Pues bien, en Japón, aunque experimentó el racionalismo confuciano desde hace más de mil quinientos años, y el influencia del cristianismo hace ciento treinta, esas dos fuentes no han dejado mucho poso en la sensibilidad de los japoneses a la hora de apreciar sus obras literarias.

También se puede destacar, como otro elemento diferenciador, el énfasis de la literatura japonesa por lo fragmentario, episódico, visual. Ahí está un buen ejemplo: el haiku, que es el producto literario mejor exportado por Japón a Occidente, el bonsái de su literatura, con sus 17 sílabas en donde ni siquiera hay cabida para emociones ni ideas, solo para sensaciones, para fotografías instantáneas de la realidad percibida con los ojos.

Es probable que este gusto por lo visual tenga que ver con el esfuerzo constante que un japonés realiza durante bastantes años por dominar el espacio minúsculo pero complejo de un sinograma, de un kanji. Contra la abstracción mental del alfabeto latino, la estilización pictográfica y puramente visual del sinograma japonés de origen chino.

Una tercera consideración importante al respecto es la tendencia japonesa a preservar lo tradicional fundiéndolo con lo nuevo, a hallar vigencia y actualidad a formas literarias muy antiguas. En Occidente, aunque tengamos respeto por tales formas, no las sacamos casi nunca de los libros de historia y del polvo de los museos. Ahí tenemos, por el contrario, el caso de los numerosos cultivadores japoneses que hay hoy de una forma poética como el “waka” tan arcaica. El teatro noh, un teatro con un fuerte sentido religioso, surgido en el siglo XIV, todavía se representa en Japón hoy día. ¿Se representan en la España de hoy autos sacramentales de Calderón de la Barca? Y valores estéticos de la época de Heian (s. IX-XII) siguen nutriendo obras literarias de rabiosa actualidad, como alguna novela de Haruki Murakami, aunque al mismo autor no le agrade reconocerlo.

El catálogo de Satori es generoso y diverso. Si pudiera mencionarme un puñado de obras y autores para construir un itinerario, ¿cuales serían?
Satori Editorial está haciendo un esfuerzo muy loable por difundir la literatura y la cultura japonesa en su joven catálogo de solo cuatro años. Además, es fiel al principio ético de traducir literatura desde el original japonés, una práctica que por desgracia todavía no siguen algunas editoriales, incluso las más grandes, en pleno siglo XXI. Del catálogo de Satori puedo destacar tres obras: El santo del monte Koyaun libro de terror sutil de Izumi Kyoka, La vida de un idiota y otras confesiones del genial Akutagawa, también de Satori es notable la novela Una extraña historia al este del río de Nagai Kafu, el más libertino de los escritores japoneses modernos, una historia bañada de indecible nostalgia por el Tokio de comienzos del siglo XX que era sepultado por la embestida de la modernidad.
Pero si no deseamos separar demasiado los pies de la tierra, Satori acaba de publicar Fukushima: Vivir el desastre sobre la percepción muy iluminadora del desastre de hace dos años y medio Takashi Sasaki, un profesor retirado de lengua española. Saliendo de Satori, me permito recomendar, como libro introductorio sobre literatura japonesa moderna porque da muchas claves del comportamiento social de los japoneses y de lo doloroso que pudo ser para muchos japonesas el proceso, todavía en marcha, de la modernización (léase occidentalización), la obra, intensa y poética, de Natsume Soseki llamada Kokoro (editorial RBA). Es un libro deslumbrante por el cual podemos iniciar nuestro recorrido de la literatura moderna. Se aprecia mejor a Murakami después de haber leído este libro (o también El caminante de Soseki, precisamente en el catálogo de Satori).

Fuera de la modernidad, no puedo dejar de mencionar la obra fundamental de la mitología y de la religión autóctona japonesa: Kojiki (Trotta, 2008) publicada en el año 711 pero que contiene los mitos, leyendas y encantadoras canciones del Japón ágrafo de los albores de su civilización. La conozco bien porque su traducción, al lado de la profesora Rumi Tani, me ocupó tres años y creo que es la obra semillero de los valores e incluso temas de la posterior literatura japonesa. Por ejemplo, el mito de la “mirada prohibida a la mujer” que sale en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami ya aparece en ese venerable libro. En realidad, parece que no hay nada nuevo bajo el sol.

¿Hasta que punto influyó el encuentro de Japón con la cultura estadounidense tras la II Guerra Mundial? Pienso en autores más pop como Yoshimoto o Murakami cuyos libros fueron abrazados en los ´90 por la gran industria.
La nueva constitución japonesa de 1947 fue, tras el amargo reconocimiento de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, para el pueblo japonés el reconocimiento de que el país iba a absorber una segunda oleada de occidentalización (después de la masiva de las últimas décadas del siglo XIX). Esta vez la corriente vendría del Pacífico, de Estados Unidos. El modelo social era el del país vencedor. Las películas americanas , la música de jazz y la imagen de soldados norteamericanos dando chicle o dinero a los niños japoneses empobrecidos de la posguerra ofrecieron a muchos japoneses de entonces una prueba inmediata de la validez y riqueza del modelo.

Era un hechizo agridulce para los mayores porque les recordaba viejas heridas del pasado. Los padres de los dos autores que ha mencionado, Haruki Murakami y Banana Yoshimoto, especialmente los de la generación del primero, nacido en 1949, pusieron en funcionamiento la proverbial diligencia del pueblo japonés, el coraje de levantarse con la mirada al frente todos los días, y la capacidad organizativa de todo un pueblo para dejar atrás el pasado y afrontar el examen formidable de la recuperación de la auto estima nacional.

Un examen con nota de sobresaliente en la década de los sesenta cuando Japón, erguido con gallardía tras la postración de la dura posguerra, sorprender al mundo con unos Juegos Olímpicos en el 64, la Expo de Osaka en el 70, la concesión de un Nobel en el 68. Pero estaba el otro lado de la moneda. La juventud de los sesenta, entre ellos Murakami, deseaba disociarse a toda costa de un pasado tenebroso, deseaba no ser absorbida por el modelo social y productivo de Estados Unidos que no podía satisfacer muchas de sus aspiraciones, un modelo bajo el cual, además, no podían ejercer la conciencia individual en una sociedad, todavía entonces, fuertemente jerarquizada.

Expresión del descontento de esa actitud fue el radicalismo de los movimientos de reivindicación estudiantiles de finales de los sesenta que alcanzó a otros muchos países del mundo. Era la expresión sincera y apasionada de que el modelo no servía. Heredero espiritual de ese movimiento, que se llamón Zenkyoto en Japón, es Murakami y, en mucha menor medida, Yoshimoto, cuyo padre, por cierto, fue activista de mismo.

Haruki Murakami, en concreto, que abraza la cultura pop americana y muchos de sus iconos, refleja en su obra de los años ochenta y noventa refleja la implacable decadencia de la identidad individual de los miembros de la generación Zenkyoto. Una de sus creaciones literarias iniciales, el Ratón (como se observa en La caza del carnero salvaje y en dos novelas no publicadas en español, Kaze no uta o kiike, de 1979 y en 1973—nen no pinbooru, del año siguiente) expresa la impotencia y callada rebeldía de un superviviente de ese movimiento de los años sesenta. Detrás de Ratón, deambularán una cohorte de personajes solitarios o al borde de la fuga por el mundo fragmentado y socialmente deconstruido del Japón de los ochenta y noventa. Su enemigo es el mismo que el de los movimientos de los sesenta: el sistema implacable. Es un mundo en cenizas cuya alma, bajo los oropeles de plástico de la cultura pop y del consumo exacerbado, exploran tanto Murakami como Yoshimoto.

¿Cómo dialoga la literatura japonesa con la escrita en nuestro idioma? ¿Hay puntos en común?
Claro que los hay, a pesar de las diferencias apuntadas. Las dos exploran -desde diferentes ángulos, perspectivas sociales e históricas, y distintas tradiciones culturales- esta herida absurda que es la vida, exploran las contradicciones del ser humano en su sociedad, exploran las peripecias del viaje siempre mítico que realiza el ser humano hacia su conciencia. Identidad de grandes temas, diversidad de planteamientos y sensibilidades [LL]




viernes, 6 de junio de 2014

¿Les suena?



Pablo Moíño Sánchez (Madrid, 1980) es narrador y jefe de redacción de la Revista de Erudición y Crítica. La siguiente columna fue publicada por El Trujamán el 3 de junio pasado.

                     La dignidad

Un día de verano te escriben de una editorial. Les han hablado de ti y quieren trabajar contigo en algunos libros. Ahora mismo ya podrían enviarte uno, te dicen, si estás interesado y disponible.

Como te pasas el día conectado por si las moscas, como ahora tienes poco trabajo, como te gusta mucho traducir, el primer impulso es responder volando, no vayan a arrepentirse y a avisar a otro traductor, algo como: «sísísísísísísísí :) :) :) :)». Pero piensas en tu dignidad y decides que mejor contestarás dentro de una hora. O dos.

En los cinco minutos siguientes navegas, es un decir, por internet, o abres la nevera, o te vuelves a lavar los dientes, o intentas trabajar en eso otro que tienes colgando. A los cinco minutos decides que el mensaje lo enviarás dentro de una hora, o dos, pero que mejor ir escribiéndolo ya.

Empiezas a escribir: no solo estás disponible, gracias, sino muy interesado en lo que publican; simplemente te gustaría saber cuáles son las condiciones, aunque la propuesta te interesa mucho. No, así no. Borras, rehaces, te pones digno, como si no los necesitaras. Depende, dices: depende de las condiciones, gracias. Pero tampoco es ese el tono. Borras. En fin: cuando terminas de escribir el mensaje, ya ha pasado una hora y media.

Te contestan enseguida, a los tres minutos, con el título, el autor, la tarifa y la fecha de entrega. Dudas si es un mensaje seco o simplemente apresurado. Por las faltas de ortografía, parece apresurado. Pagan, por otra parte, bastante poco. Decides negociar.

Empiezas a escribir otro mensaje: el libro tiene muy buena pinta, estás de acuerdo con la fecha límite, pero te preguntabas si sería posible negociar la tarifa, gracias, saludos. Para algo tan sencillo inviertes aproximadamente seis horas. Por el camino se han caído largos párrafos sobre la dignidad del traductor que no venían al caso.

Pasa ese día, y el siguiente, y el siguiente. No te contestan. Eso por listo, suspiras. Vaya.
A los cinco días vuelves a escribirles. Hola: he tenido problemas con el correo electrónico últimamente, así que es posible que no hayáis recibido mi mensaje de la semana pasada. Lo vuelvo a reenviar por si acaso. Gracias.

Te contestan a los dos minutos. Sí, sí lo recibimos, pero los planes editoriales han cambiado un poco; te escribiremos la semana que viene.

Después de pensarlo un poco, vuelves a escribir para decir que vale. En realidad lo haces para que tu mensaje quede en su bandeja de entrada y no se les olvide.

Pasan varias semanas. Escribes algún correo que te rebota: ausente por vacaciones. Es verano, no tienes trabajo: dudas, te agobias, casi te lamentas.

Mes y pico después, mensaje de la editorial. Que siguen interesados en que traduzcas el libro, pero que no pueden subir la tarifa. Y que la fecha límite ha cambiado. Ahora tienes la mitad de tiempo que antes.

Medio llorando, escribes un correo larguísimo sobre la dignidad, y también sobre el verano. Acabas borrándolo otra vez. Simplemente contestas que no, que tú habías pedido que te mejoraran las condiciones y te las han empeorado, y que así no trabajas.

Para tu sorpresa, te contestan a la media hora. Está bien, te dicen: dejamos la tarifa y la fecha tal como tú decías.

No te lo puedes creer. Te sientes orgulloso de ti. Esto es porque he peleado, dices. Ha merecido la pena esperar todo el verano para esto. He peleado y lo he conseguido, dices. Y empiezas a traducir. En condiciones dignas.

Traduces, pasa el tiempo, acabas el libro, lo entregas, entregas la factura, te dan las gracias. Pasa más tiempo, ya deberías haber cobrado, escribes para preguntar, ya no contestan. Vuelves a escribir. Pasa más tiempo. A los dos meses te dicen que la editorial ha decidido no publicar más libros durante un período de tiempo indefinido.

Tú, que otra cosa no pero buen lector eres un rato, comprendes lo que significa eso.

Escribes, espumas, pataleas.

Dignamente.

Fin.


jueves, 5 de junio de 2014

Una invitación que compartimos

El Traductorado en Alemán del IES en Lenguas Vivas “Juan R. Fernández”, la Universidad Nacional de San Martín y el Seminario Permanente de Estudios de Traducción tienen el agrado de invitar a la charla de Berthold Zilly “La 'transgermanización' de tres clásicos latinoamericanos: Domingo F. Sarmiento, Euclides da Cunha, João Guimarães Rosa”

Viernes 6 de junio de 2014, 18:30, IES en Lenguas Vivas “Juan Ramón Fernández”, Calos Pellegrini 1515, Salón de Conferencias (charla en español)


Berthold Zilly realizó estudios de filología románica y germánica en las universidades de Bonn, Caen, San Pablo, Berlín (Freie Universität, FU). Se doctoró en 1976 con una tesis sobre Molière. Entre 1974 y 2010 fue profesor de literatura latinoamericana y de lengua portuguesa en la FU de Berlín, entre 2004 y 2010 también en la Universidad de Bremen, siempre con enfoque especial en la cul­tura brasileña. Actualmente es profesor visitante en el posgrado en Estudios de Traducción de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), en Florianópolis. Tradujo clásicos latinoamericanos al alemán, por ej.: Os Sertões de Euclides da Cunha, Memorial de Aires de Machado de Assis, Civilización y barbarie de Domingo F. Sarmiento. Está preparando una nueva traducción de Grande Sertão: Veredas, de João Guimarães Rosa. Practica la traducción como parte integrante del estudio de lenguas y literaturas extranjeras. 

miércoles, 4 de junio de 2014

Un Marlowe hasta ahora inédito en castellano

El encuentro de ayer del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires estuvo dedicado a  hablar de la traducción de Dido, reina de Cartago, de Christopher Marlowe realizada por Mónica Maffía. Como además de traductora es directora teatral, fue muy interesante conocer cómo traduce y cómo trabaja para la escena. Quien desee saber más, puede enterarse en http://www.ustream.tv/recorded/48390732
  
Mónica Maffía inició sus estudios teatrales en Londres (Royal Academy of Dramatic Art, British Theatre Association) obteniendo el título de Bachelor of Arts (Honours) en Teatro y Literatura Inglesa. (University of Middlesex) – Completó el doctorado en la Universidad del Salvador.

Ha traducido las siguientes obras de teatro, todas estrenadas:
Del inglés:
Dido, reina de Cartago de Christopher Marlowe – (Primera traducción mundial al castellano. Publicada como Edición Aniversario por el 450º aniversario del nacimiento de Marlowe, en formato e-book y próximamente en papel por Ediciones Nueva Generación (2014)
Los Persas de Esquilo – (Teatro El Tinglado- 2013)
Top Girls de Caryl Churchill– Teatro Real (Córdoba abril 2012 – Bs.As. Teatro La Comedia octubre2012)
Eduardo III de Shakespeare –Teatro IFT (2009) y Teatro La Comedia (2010)
La Violación de Lucrecia de Shakespeare – Estrenada en Librería de Mujeres. Con el auspicio del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (U.B.A.) y el Instituto Hannah Arendt y el apoyo del Instituto Nacional del Teatro (2006)
Secretos de amor de Ophelia de Steven Berkoff, estrenada en el Teatro La Comedia (junio 2004)
Mercurio vs. Los Alquimistas de Ben Jonson, co-producción Fundación Konex y U.B.A. (febrero 2004)
Silencio y La Parada de Harold Pinter, estrenadas Centro Cultural Rojas (2003)
Dúo en mi de Tom Kempinski, obra de teatro producida en el Auditorio Bauen (1999) y en el Teatro Andamio 90 (2000)

Del francés:
La Improvisación de Versalles de Molière. Estrenada en La Tertulia.Con auspicios de la Embajada de Francia y la Alianza Francesa y el apoyo de Proteatro
Los Persas de Esquilo - Teatro El Tinglado (2013)

Del alemán:
La Señorita Julia de A. Strindberg. Estrenada en versión aggiornada como “La Señorita” en Corrientes Azul. Con el apoyo de Proteatro (2005)

También tradujo poesía:
“Sonetos” de Shakespeare, formaron el espectáculo ¡¡¡Shhh!!! estrenado en el British Arts Centre (2002), después en el Teatro del Sur (2003) y en mayo 2004, en Gandhi.
“Las Campanas” de E.A.Poe para el espectáculo de la Dirección General de Bibliotecas Poe, inventor de pesadillas (1999)


martes, 3 de junio de 2014

No hay que seguir agendas ajenas, sino confiar en las propias


Releída la entrada del día de ayer, uno bien puede decirse que todo eso tiene remedio, que las cosas no tienen por qué ser como son. En primer lugar, porque uno puede salirse del sistema que proponen las grandes editoriales, los editores, los agentes y otras subespecies del mundo del comercio. Un ejemplo: más allá de que V.S. Naipaul, Martin Amis o Paul Auster sean promocionados como "grandes escritores" están sus libros, que nos hablan de que se trata de "escritores correctos". A ellos, por caso, opondría los nombres del canadiense Alasdair MacLeod (1936-2014) y del irlandés John McGahern (1934-2006).

El primero publicó dos libros de cuentos y una novela, todos ambientados en su Nueva Escocia natal. Maestro de escritores, MacLeod, como Rulfo, no necesitó escribir mucho más para ser consagrado por sus pares como uno de los mayores autores de la lengua inglesa. A principios de 2000 fue publicado por RBA en España, con traducción por una vez buena del finado Miguel Martínez Lage. Por alguna extraña conjunción de factores (falta de publicidad, incomprensión por parte de los reseñadores, inadecuación a la moda del momento, etc.) pasó sin pena ni gloria y llegó a Latinoamérica para instalarse en las mesas de saldo. Hoy es posible leer a este gran escritor por monedas y sin tener que tolerar la cháchara que, por ejemplo, se usa para promocionar a Jeffrey Eugenides.

John McGahern es considerado en su país el más importante narrador de la segunda mitad del siglo XX. Su reputación, de hecho, ha traspasado las fronteras de Irlanda al punto que en una lista de las 100 mejores novelas en inglés publicada hace unos años por el diario The Guardian, aparecía con tres títulos, dos de ellos ubicados en el 6to. y 9eno. lugar. McGahern, muchas veces considerado como "el Chejov irlandés", es el gran maestro de Claire Keegan, otra de las grandes narradoras de lengua inglesa de la actualidad. En España, la editorial Circe publicó El pornógrafo y Entre mujeres dos novelas (por cierto, muy mal traducidas) y una maravillosa memoir que no recibió prácticamente atención alguna. En la Argentina la editorial Adriana Hidalgo publicó The Dark (pésimamente traducida) y una excelente edición de los Cuentos completos, acaso lo mejor y lo más sustantivo de la obra de McGahern. Corresponde aclarar que las ediciones españolas llegaron también a las mesas de oferta y si uno hace el esfuerzo, se puede adivinar detrás de esa mala prosa castiza la potencia de un gran narrador. 

¿De qué hablan estos ejemplos? De una verdad de Perogrullo, de que es necesario dejar de aceptar que los editores, los agentes y los reseñadores ad hoc dejen de infligirnos sus agendas para así empezar a seguir las nuestras propias. Que esa gente siga usando los espacios profesionales de las ferias del libro del mundo entero, que se cocinen en su propia sopa y que, en lo posible, los olvidemos para usar ese espacio que pretenden ocupar en nuestras mentes con lo que éstas decidan leer. Por caso, tal vez valga la pena preguntarse, antes de comprar el último de Amis, si uno leyó todo Joseph Conrad, o todo Henry James, o, más cerca en el tiempo, por ejemplo a Kingsley Amis, padre de Martin y mucho mejor escritor. 

Así como ni MacLeod ni McGahern vienen respaldados por un gigantesco aparato de prensa ni entran en la agenda de prácticamente nadie, hay cientos de escritores verdaderamente importantes cuyos libros esperan ser leídos- Muchos están en las mesas de saldos, a valores más cercanos a lo que nuestros bolsillos pueden y deben pagar. Otros, en cambio, son los que,  con entusiasmo y mucho esfuerzo, suelen publicar las jóvenes editoriales independientes, aquéllas que todavía no se contaminaron con la charlatanería de Frankfurt ni con la ignorancia de las cámaras del libro nacionales que muchas veces nos hacen olvidar que, más allá de los negocios, todos empezamos a leer y a traducir guiados por el deseo y buscando algún tipo de experiencia con la belleza y el conocimiento, así como también consuelo.   

lunes, 2 de junio de 2014

El triunfo de los mercaderes sobre la literatura

Siempre que se habla de literatura (como siempre que se habla de casi cualquier cosa) está lo específico y lo accesorio. Lo específico, en este caso, son los libros; ni siquiera los autores, ya que no necesariamente sus opiniones importan como lo que efectivamente escriben. Y que me perdonen, pero tampoco sus vidas deberían ser lo interesante. Sin embargo, a cierta prensa ¿cultural? le encanta hablar de todo aquello que entra en el terreno de lo accesorio ya que es una manera de darse corte sin tener que pasar por la muchas veces penosa circunstancias de tener que leer los libros. Aunque las razones también pueden ser otras e incluso peores.

De las muchas subcategorías accesorias que existen, los editores ocuparon durante mucho tiempo un lugar del todo desproporcionado a su importancia. No voy a abundar aquí en el magro 10% de derechos de autor que estos intermediarios les pagan a los autores (y eso, en el mejor de los casos). Tampoco a su trato, muchas veces comparable al de los mayoristas de grasa animal. Hablo más bien de sus pretensiones de elegancia y cultura, acaso alentados por los medios de comunicación. 

Véase, por ejemplo, el patético caso de Jorge Herralde: creó una editorial exitosa, pero la termina entregando a otro editor extranjero porque, en cuarenta años de trabajo, fue incapaz de formar a otros editores españoles que pudieran continuar con su labor. Su éxito, entonces, consiste en habernos convencido de que su fracaso es interesante. 

Podrá argüirse que se adelantó a los demás. Eso también es relativo. Bastaría con pensar en los ejemplos de Joaquín Mortiz, en México, o de la familia Muchnik y Fabril Editora, en la Argentina, o sin ir tan lejos, recurrir al recuerdo de Carlos Barral, en España. En todo caso, lo que sí demostró Herralde es haber sido un pícaro bastante astuto. Supo venderle a los progresistas españoles de la década del sesenta (esos que consumían las películas con José Sacristán) la dosis de marxismo requerida. De ese modo se aseguró un lugar desde el cual, como suele pasar con los cultores de la izquierda, pasar a ser otra cosa. Más adelante, y siempre con astucia, adoptó el modelo de algunos de los editores antes nombrados, pero lo reforzó poniéndose  de acuerdo con Christian Bourgois y con Feltrinelli para que los mismos libros que “triunfan” en Francia y en Italia, también "triunfaran" en España y Latinoamérica, haciendo que la profecía se autocumpliera. No es lo único: también publicó a un significativo número de latinoamericanos que funcionaron como arietes en sus respectivos países, abriendo asimismo la puerta de la publicación local a precios más accesibles que los que llegaban a América los libros españoles. Tuvo así presencia en todas partes. Y, mientras Planeta o Alfaguara se planteaban estrategias para un único país, sin que un libro de Planeta Argentina viajara a México o sin que un libro de Planeta México viajara a la Argentina (idem para Alfaguara), Anagrama estaba en todas partes y multiplicada por diez. Sin ir más lejos, recuerdo la participación del chileno Pedro Lemebel en la Feria de Guadalajara de 2008: luego de una lectura espectacular, todo el mundo acudió al stand de Planeta a comprar los supuestos libros que Seix Barral  de Chile había llevado a México. No estaban… Y los pocos que habían llegado, estaban en el stand de la Cámara Chilena de Editores y desaparecieron de inmediato. Mientras eso pasaba, otros autores latinoamericanos presentes en la FIL firmaban sus libros en varios stands que efectivamente tenían los libros de Anagrama. Bien por Herralde. Ahora, la pregunta, en  todo caso, es si todo esto tiene algo que ver con la literatura. Porque, supongo, este relato es el tipo de narración que podría interesar en una convención de viajantes de comercio o de vendedores de Tupperware, pero, de ninguna manera, en el ámbito intelectual de ningún país.

Más allá de todas estas anécdotas de mercaderes –que, según se ha dicho, hacen al mercado, pero no a la literatura–, todo indica que, a pesar de los muchos esfuerzos de Juan Cruz por contarnos qué sintió cuando leyó a éste o a aquél otro, las verdaderas estrellas del mundo accesorio de las letras hoy son los agentes; vale decir, esos otros intermediarios, cuya función consiste en sacar el máximo provecho para los autores proponiendo sus libros a cuanta editorial se les aparezca en el horizonte, utilizando todo tipo de métodos y, en oportunidades, perdiendo de vista al autor y a sus eventuales lectores. Así, la noticia de que Andrew Wylie está por asociarse con Carmen Balcells ocupa las páginas centrales de muchos diarios. El País, de Madrid, por ejemplo, un diario del Grupo Prisa, hasta hace poco dueño también de Alfaguara, ya lleva varios artículos publicados, ocupando un espacio que sólo sirve para publicitar a los agentes, sin ocuparse realmente de la literatura. 

Uno de esos artículos establece dos listas de representados. Los de Wylie son Jane Bowles, Saul Bellow, V. S. Naipaul, Vladimir Nabokov, Antonio Tabucchi, Jorge Luis Borges, Philip K. Dick, Salman Rushdie, Art Spiegelman, Milan Kundera, Mo Yan, Orhan Pamuk, Lou Reed, Antonio Muñoz Molina, Philip Roth, Royal Shakespeare Company, Roberto Saviano, Susan Sontag, Henry Kissinger, The Andy Warhol Foundation, John Updike, Roberto Bolaño, J. G. Ballard, William Burroughs, Guillermo Cabrera Infante, Italo Calvino y Allen Ginsberg, entre otros. La lista de Balcells, absolutamente monolingüe, incluye a Gonzalo Torrente Ballester, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Camilo José Cela, Carlos Fuentes, Pablo Neruda, Álvaro Mutis, Miguel Delibes, Juan Goytisolo, Rosa Montero, Terenci Moix, Alfredo Bryce Echenique, Manuel Vázquez Montalbán, José Luis Sampedro, José Ángel Valente, Isabel Allende, Miguel Ángel Asturias, Vicente Aleixandre, Ana María Matute, Juan Marsé y Javier Cercas, también entre otros. 

Como se podrá observar, hay en ambas listas nombres muy importantes y otros un tanto precarios. Se trata, en muchos casos, de autores de gran éxito; o, dicho de otro modo, escritores que han tenido ventas importantes o sostenidas, lo cual, nuevamente, poco tiene que ver con la literatura y sí mucho con el mercado y sus estrategias. Una lectura atenta de los nombres permitirá comprobar que la mayoría de ellos, al menos en el mundo de la lengua castellana, se dividen entre el Grupo Planeta, Alfaguara, Random House/Mondadori (vale decir, el 70% del mercado hispanohablante) y Anagrama (que aunque parezca chiste sigue presentándose como "independiente"). Entonces, ¿interesa realmente que este tipo de información conste en las páginas culturales de cualquier diario? ¿No debería estar más bien en los suplementos económicos, donde se lee que tal o cual empresa compró a tal o cual otra, o que tal grupo se fusionó con ese o aquel otro? Porque así planteadas las cosas, da la impresión de que la literatura se reduce a esos pocos nombres y nada más. También que, hasta que un escritor no tiene un agente o no publica en una de esas editoriales elegantes, no existe. Se trata, claro, de supersticiones que sólo les sirven a los agentes a la hora de negociar con los editores y a los editores a la hora de vender más libros. Entonces, a qué engañarse, esta gente cada vez más sale de las escuelas de administración de empresas antes que de los ámbitos naturales de la literatura. Por eso, mientras los traductores se ocupan de hacer el scouting, los que antes lo hacían ahora están revisando planillas de ventas y discutiendo con las distribuidoras. A ver si me explico: es una perversión. También, un asco.