viernes, 15 de noviembre de 2013

Traducciones de literatura brasileña subsidiadas

La noticia también es vieja y proviene de la agencia EFE, vía el diario El Comercio, de Ecuador. Sin embargo, aunque la Feria de Frankfurt ya pasó, el tema sigue siendo importante y reviste actualidad.

Brasil promueve la traducción de su literatura

EFE Jueves 03/10/2013 La ministra brasileña de Cultura, Marta Suplicy, afirmó ayer que la participación de Brasil como invitado de honor en la Feria del libro de Fráncfort puede contribuir a "fortalecer" la imagen literaria y cultural del país. La participación de Brasil en Fráncfort, que tendrá lugar entre los próximos días 9 y 13, "llega en un momento muy oportuno para el fomento del mercado editorial y de la literatura". De manera paralela a la feria, la Biblioteca Nacional de Brasil informó que ha aumentado los fondos de su programa destinado a fomentar la traducción de obras brasileñas a otros idiomas. El Programa de apoyo a la traducción y publicación de autores brasileños en el exterior ofrece ayudas económicas a editoriales extranjeras que traduzcan obras que ya hayan sido publicadas en Brasil. La coordinadora para la internacionalización de la Biblioteca Nacional, Moema Salgado, explicó que "el objetivo no es pagar el coste completo de la traducción, sino incentivar a las editoriales a que traduzcan a los autores brasileños". Salgado dijo también que "las editoriales pequeñas necesitan este tipo de ayudas para la traducción de obras", aunque aseguró que ayudarán igualmente a las grandes firmas "como Santillana". El programa iniciado en 2010 costó unos USD 42 000, en su primer año y se ha ido incrementando hasta llegar este año a los USD 900 000. Desde 2010 Alemania es el país que más ha aprovechado las ayudas, con 82 obras traducidas, seguido de España, con 46, y Francia, con 41. En la Feria  de Fráncfort se presentarán 260 títulos relacionados con Brasil.



jueves, 14 de noviembre de 2013

"El congreso es sobre literatura española y esa novela es gallega"

Con firma de Suso del Toro, el 30 de octubre pasado, en eldiario.es, se publicó la siguiente carta por demás explícita. En su bajada puede leerse: “La identificación entre la lengua castellana y la nación es absoluta, una ideología que en vez de integrar nos expulsa a muchos”. Para mayores datos sobre el autor, conviene recordar que es licenciado en Geografía e Historia en la Universidad de Santiago de Compostela y autor de Otra idea de España y Siete palabras, entre otras novelas. Su obra Trece campanadas ha sido llevada al cine. Ha obtenido el Premio Nacional de Narrativa en el año 2003.

Carta a un amigo español

Querido amigo,
Deja que acabe lo que comencé la semana pasada a raíz de tu enfado en aquella conversación. Al final de mi carta, y volviendo al dilema que nos plantea la sociedad catalana con su reclamación de ejercer la soberanía, imaginaba dos complejos contrapuestos e igual de angustiosos: el complejo de aniquilación, que viven quienes se sienten negados y asfixiados por el Estado Nación existente, y el de amputación, que viven quienes ven con horror cómo se puede separar una parte de lo que consideran y sienten que es el cuerpo de su nación. Pero, en realidad, este último también es un complejo de aniquilación, quien imagina la pérdida de un miembro ya imagina también la de otro y después otro...

Sí, aunque finjamos ignorarlo, las personas ligan su suerte y su identidad a una comunidad, tenga ésta forma de nación, de Estado o de lo que sea, y cuando se denuesta desde una supuesta altura moral o intelectual los "conflictos de identidades" (a continuación inevitablemente viene la coletilla "y las banderas"), lo que se hace es denostar las de "los otros" para asentir a la identidad dominante. La identidad personal descansa en mayor o menor medida en sentirse parte de una comunidad humana, negar esa evidencia me parece que es una maniobra intelectual puramente interesada, pretende defender la situación establecida porque le conviene a uno. Y como los conflictos de todo tipo ocurren en todas las sociedades, lo único democrático es reconocerlos y gestionarlos con el diálogo y el pacto.

Toda mi vida tuve que manejar dos realidades que se mostraron y se muestran antagónicas: el pertenecer a una comunidad humana y política gallega y el pertenecer a otra, española. Como te contaba el otro día, desde siempre vi que la realización de la nación española implicaba la necesaria extinción de los gallegos como tales, reducidos a ser unos españoles raros "con acento".

Fíjate si fue mal negocio para Galicia la historia del siglo XX que de tener una población cercana a los seis millones de personas a principios del siglo pasó a otra cercana a los tres, mayor fracaso no cabe. Las evidencias a mi alrededor y las argumentaciones del galleguismo regeneracionista me conducían a negar a España. Por otra parte, el peso de la vida nacional que me educó intelectual y también emocionalmente me hacía ver que mi historia formaba parte también de la historia española. Mis recuerdos son una parte fundamental de mi identidad y en mi memoria sentimental están libros, chistes, anécdotas de la época, canciones, películas españolas que son parte mía, así como vivencias que sé que comparto con personas de mi generación en cualquier lugar de España. Maricruz, cantada por Imperio Argentina, seguramente me gusta más que a la media.

Por otra parte, cuando pude conocer el pasado que nos ocultaron y aún ocultan, había episodios de la historia de España que me enorgullecían, como que, a diferencia de Alemania y sobre todo de Italia, para imponer un régimen fascista aquí hubieran tenido que librar una desigual guerra de tres años. Por otro lado, el antifranquismo me hacía formar parte de vivencias compartidas con los demás antifascistas españoles. La única fragua de España basada no en la imposición sino en la concurrencia, más que la República, fue ese trauma común que supuso el Régimen y de ahí nació la pretensión colectiva de una España democrática compartida. El antifranquismo, además de soñar ilusoriamente con cambiar la historia, pretendía una España nueva que rompiese con la existente, y en ese proceso tendría que haber un lugar para encajar esa otra realidad mía a la que llamaba "Galiza". El antifranquismo hacía confluir, reunía y permitía coexistir intereses, reclamaciones e identidades nacionales diversas, así que me podía sentir íntimamente cómodo, la democracia española era un asunto mío también. Hoy lo estoy viendo de otra manera, pero déjame que llegue ahí, a ver si no me pierdo por el camino.

Será mejor que abrevie. Pertenezco a una última generación que se radicalizó contra el Régimen y que, cuando se firmaron las paces, no se reconoció en los tratados firmados. La Constitución era un evidente avance democrático, pero no era aquello por lo que nos habíamos movilizado. Cuando llegaron los socialistas al Gobierno, tampoco participé de aquel entusiasmo, era tan extendido y excesivo que denotaba un histerismo ahogado. Aquel casi éxtasis cívico revelaba que el grueso de la sociedad española necesitaba desesperadamente romper con el pasado inmediato, negarlo y olvidarlo, era una necesidad psicológica que escapaba a cualquier razonamiento o análisis. El caso es que, como casi todo el mundo, también yo quise vivir al fin unos años con una alegría que antes no era posible –"vivamos"–, y acepté y aposté por lo existente aunque tuviese muchas reservas y le hiciese todo tipo de críticas.

Al principio de los años ochenta retomé el propósito adolescente de ser escritor, fíjate que digo "ser escritor" y no escribir literatura, se trataba de la fantasía adolescente de una vida de artista, ya sabes, y todas esas cosas que fácilmente despiertan burla en quienes niegan sus propias fantasías. Pues eso, que quise ser escritor. Y en el preciso momento en que me inclinaba sobre el papel para escribir se me planteaba un dilema que a ti no se te habría presentado, ¿escribiría en gallego o en castellano? No se trataba de un dilema filológico, escoger una lengua u otra tenía serias consecuencias.

Eran dos lenguas en una situación histórica completamente distinta, una era la lengua en la que había aprendido a leer y escribir, con todo el Estado detrás y todos los mecanismos necesarios para que una obra literaria llegase a un público, y la otra era todo lo contrario, una lengua literaria que no venía dada y que había que ganarse, una lengua sin Estado ni medios y en una situación subalterna a la castellana. Desgraciadamente, la elección no me era algo indiferente, significaba tomar partido por una u otra lengua y desde luego tenía importantes consecuencias y condicionaba el futuro tanto de la obra como del autor.

Ya sabes de sobra y ya te expliqué el otro día cómo pienso; entendí que sólo tenía la opción de ser escritor en lengua gallega y la asumí. Pero cuando mis libros se fueron editando traducidos al castellano experimenté lo que ya intuía, que afrontaban expresas o sutiles resistencias. "¿Por qué no escribes directamente en castellano?", me preguntaron frecuentemente. Valdría la pena ponerse a considerar todo lo que significaba hacerme esa pregunta, puede interpretarse como una muestra de ignorancia, una advertencia acerca de cuáles son las reglas del juego o una falta de respeto. Puedo quedarme con esto último, la falta de respeto a los demás: la total falta de educación es un rasgo característico de la cultura social española. Aunque lo verdaderamente inquietante es que puede ser las tres cosas, y quienes hacen esas preguntas, además de ignorar que se escribe directamente en cualquier lengua, del mismo modo que todos hablamos en prosa, también está diciendo que uno está incurriendo en un tipo de falta no escrita pero penalizada.

Con todo, no me puedo quejar de cómo me fueron las cosas, escribí lo que quise y creo que mis libros tuvieron una discreta fortuna de lectores y recibieron una crítica razonablemente positiva, tuve editores de todo tipo y algunos y algunas extraordinarias y, para colmo, hay días en los que me siento razonablemente satisfecho de lo publicado. Pero, después de tantos años y tanta democracia y tanto todo, me seguía sintiendo como el personaje de un chiste: "Érase una vez un catalán, un vasco y un gallego".

Basta lo que me contaba hace un par de meses una profesora italiana. Quiso participar en un congreso universitario sobre literatura española con una ponencia sobre una novela mía y la contestación de la dirección fue: "El congreso es sobre literatura española y esa novela es gallega". Ella se quedó sorprendida y chasqueada y, así, con la boca abierta, aprendió de golpe algo que no conocía verdaderamente: cómo era la cultura nacional española.

No dudo de que se puede argumentar filológicamente ese límite de la lengua castellana para un congreso llamado así pero comprenderás que también a mí me dejó mal sabor de boca, mírese como se mire eso es sentirse rechazado. Pero pocas cosas como lo que me ocurrió hace años cuando una novela mía recibió un galardón. Un crítico de un periódico madrileño escribió que era una lástima que hubiesen premiado mi libro puesto que aquel año había varios libros interesantes de "nuestros" –y citaba a continuación varios– narradores en castellano. Evidentemente yo no era uno de los "suyos", era un intruso. Y si es así, pues es que es así, era un intruso.

Efectivamente, la identificación entre la lengua castellana y la nación es absoluta, eso lleva a la paradoja que ya me habrás oído antes de que un escritor gallego no sea considerado español pero uno con nacionalidad mexicana, argentina o peruana sí en virtud de su lengua. Una ideología que en vez de integrar nos expulsa a muchos.

Pero por enrollarme con el asunto de mi experiencia como escritor, hasta qué punto condiciona en España el escribir en una lengua u otra, se me fue la olla y se me pasó la hora. Deja que corte aquí, si nos vemos esta semana para tomar los vinos no hablaremos de estas cartas, ¿de acuerdo? Todavía me falta escribirte la última, te contaré mi experiencia escribiendo sobre la cosa pública en general y sobre España en particular. La verdad es que todos esos años le di a todo y así me dieron en los morros varias veces. Verás las dificultades para opinar sobre España si no comulgas con el nacionalismo español, su dueño. Pero eso, la semana próxima.

Nos vemos.


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Una caprichosa mezcla de objetivos y criterios

Volviendo al Diccionario de americanismos, comercializado por la editorial Santillana, del cual se hablaba en la entrada del día de ayer, presentamos aquí lo que sobre éste escribió el  lingüista, investigador y académico mexicano Luis Fernando Lara. Su reseña de fue publicada en Panace@. Vol. XIII, n.o 36. Segundo semestre, 2012.

Diccionario de americanismos

El Diccionario de americanismos, dirigido por Humberto López Morales, se publicó en Lima en 2010. Obedece a un antiguo deseo de las academias de la lengua de contar con un diccionario diferencial de lo que conciben como vocabulario característico del «español de América», por contraposición al español de la Península, considerado «español general». En su preparación intervinieron muchas personas: los académicos de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) y un equipo de redacción situado en Madrid, compuesto por cerca de treinta lexicógrafos, aparte de su grupo de tecnología informática.

Para todo lector un diccionario sirve, ante todo, para facilitar la comprensión de voces que desconoce o cuyo significado, al menos, le resulta oscuro. De ahí que tengan utilidad obras en las que se ofrece una glosa aproximada del significado o una breve definición, siempre que el acervo de vocablos que contenga sea suficientemente amplio. El Diccionario de americanismos cumple con esta necesidad de sus lectores en la medida en que logra reunir cerca de 55 000 artículos correspondientes a palabras registradas, primero, en el acervo histórico de la Real Academia Española —28 000, según afirma su introducción—; después, en «casi 150 diccionarios de americanismos—generales y nacionales— publicados desde 1975 a la fecha» y otros más todavía inéditos, y también ofreciendo pequeños textos definitorios que ayudan a la comprensión de los significados.

Hace por lo menos medio siglo que varios filólogos y lingüistas hemos venido poniendo en cuestión el sentido de una obra de esta clase. Cuestionamos el planteamiento diferencial que lo sustenta, en cuanto supone que el vocabulario del «español general» corresponde, en su mayor parte, al peninsular, y dentro de éste, al que los diccionarios de la Academia Española han venido reuniendo desde hace tres siglos, en tanto que los americanismos —como también los andalucismos, murcianismos, canarismos, etc.— solo pueden constituir un vocabulario periférico, todavía marcado en muchos lugares de España e Hispanoamérica como proclive al barbarismo y siempre objeto de necesaria corrección. Si cuando se elaboró el Diccionario de autoridades, entre 1713 y 1729, no se hacía diferencia entre el vocabulario utilizado en América por peninsulares aclimatados en América, criollos y mestizos, y el utilizado por españoles en la Península, la concepción colonialista que introdujeron los borbones desde Francia, el correspondiente centralismo de Madrid y la extrema dificultad española —que persiste en gran parte de su público— para hacerse cargo de la extensión del ámbito americano y conocer su variedad cultural fueron perfilando una clara ideología, según la cual la metrópoli colonial se distingue de su periferia, tanto peninsular como americana, y, en consecuencia, las variedades del español en América solo pueden tomarse en cuenta por su particularismo, su pintoresquismo o su exotismo. De ahí que el «español general» preconizado por la Academia Española y sus satélites americanas no sea otra cosa que la manifestación de esa ideología. No se podrá hablar, objetiva y documentadamente, de un «español general» mientras no haya estudios descriptivos profundos de la realidad de la lengua española en los 20 países que la tienen como lengua nacional, estudios que las Academias no se han planteado llevara cabo y cuya necesidad ni siquiera parecen reconocer; mientras tales estudios no existan, no se puede proceder a una comparación entre todas las variedades —incluidas, por supuesto, las de España— que permitan deslindar un «español general» o «común» o «internacional», respecto del cual se reconozcan los particularismos de cada dialecto, incluidos, por supuesto, los españolismos, que claramente existen, y aquellos cuya difusión pueda realmente ser atribuida a toda América o a amplias regiones históricas americanas, que sería el caso de los americanismos.

López Morales dio a conocer en el opúsculo Diccionario académico de americanismos la «Presentación y planta del proyecto». En ella define el Diccionario de americanismos (DA) como un «diccionario dialectal —el español de América [el subrayado es mío]— y diferencial con respecto al español de España» (p. 70); de él se excluyen «términos que, aunque nacidos en América, se usen habitualmente en el español europeo (chocolate, canoa, tomate, etc.)».

El DA se presenta también como un diccionario descriptivo, en el sentido de no ser normativo. La Academia Española, en efecto, ha venido derivando de su normativismo histórico a un descriptivismo —acerca de cuyas características no parece haber reflexionado— que causa bastante confusión en una comunidad hispánica malacostumbrada al dictado académico. Como sucede con todos los diccionarios de la Real Academia, sus datos no son fruto de investigaciones amplias y rigurosas del léxico hispánico; si se piensa que los 28 000 vocablos del acervo madrileño se han venido reuniendo desde hace trescientos años, y los que provengan de los «casi 150» diccionarios consultados tienen características muy heterogéneas en cuanto a extensión, planteamiento, calidad y actualidad, es imposible considerar que se trate, en efecto, de un diccionario descriptivo, independientemente de su utilidad.

Llama la atención el modo en que su anormativismo —que sería la designación más exacta, en vez de descriptivismo— se relaciona con una extraña concepción de lo usual, definido explícitamente en relación con la frecuencia de uso de los vocablos:

Este Diccionario es usual, por lo que recoge términos —sea cual sea su significado— con gran frecuencia de uso manejados en la actualidad; también otros cuya frecuencia de uso es baja, más los que han sido atestiguados como obsolescentes […] Sin embargo, la colecta […] ha tenido que ser selectiva, dado el espacio limitado del que se disponía (p. xxxii).

Es claro que «frecuencia de uso» tiene para el DA y su director dos significados: por un lado, en lo que se refiere a la nomenclatura —o lemario, como les gusta decir a los lexicógrafos españoles—, esta debe haberse compuesto mediante una selección de datos del acervo madrileño, los diccionarios de americanismos consultados y algunas opiniones de informantes selectos en cada país hispanoamericano, que definieron su «actualidad»; la inclusión de voces «obsolescentes» contradice también ese criterio de frecuencia; por el otro, en lo que se refiere al orden de las acepciones de cada palabra, según explica López Morales en la página 80 de la «Presentación y planta»: «La frecuencia se medirá atendiendo a las cifras de hispanohablantes (no de habitantes)» de cada país americano; por la cual México, Colombia y Argentina definen lo más usual de las acepciones. Es decir, cualquier acepción de un vocablo, si se registra en México, aunque sea poco frecuente en este país, predominará sobre el resto de las acepciones de los vocablos. Una extraña multiplicación: una acepción poco frecuente en México, multiplicada por el número de sus hablantes, la vuelve más usual que cualquier acepción muy frecuente en Cuba o en El Salvador, por ejemplo. Además de que su criterio de la frecuencia es totalmente peregrino, los autores del DA no se han dado por enterados de la diferencia entre frecuencia y dispersión, un criterio elemental de la estadística lingüística: es más usual un vocablo muy usado en toda Cuba —mejor disperso—, que un vocablo apenas usado en alguna región de México —poco frecuente y mal disperso—. Sin embargo, cuando se trata de las marcas de uso regional o diatópico en cada artículo, se listan de norte a sur para «facilitar la observación de las correspondientes isoglosas léxicas»: desde los Estados Unidos de América hasta Argentina y Chile.

Así, el DA obedece a una caprichosa mezcla de objetivos y de criterios, disfrazada de razonamiento lingüístico riguroso. Si predominara el criterio legítimo de la frecuencia, la nomenclatura habría resultado muy diferente, y, cuando se trata de las acepciones de los vocablos, una agrupación por frecuencia da al traste con cualquier arreglo que permita facilitar el reconocimiento de isoglosas léxicas, pues todo orden basado en la mera frecuencia —y menos con esa idea de la frecuencia— da lugar a una extrema aleatoriedad en la comprensión de los significados. Así, por ejemplo, a danzón se le asigna como primera acepción una mexicana: «Música del danzón en compás de dos por cuatro y ritmo lento» (¡bonita circularidad de la definición!) y solo después aparece la cubana: «Baile popular parecido a la habanera»; como todos sabemos, el danzón nació en Cuba y de allí llegó a México, y basta con una buena definición del ritmo, la cadencia y la combinación de compases, unida a la nota de que es parecido a la habanera, para eliminar una acepción imprecisa y redundante, y permitir una isoglosa léxica con sentido, en vez de fragmentar el artículo en dos acepciones, ordenadas de norte a sur. Una isoglosa léxica, es decir, la línea que se puede trazar en un mapa uniendo las zonas en donde se utiliza un vocablo, no se puede restringir al significante de la palabra, sino que tiene que considerar su significado. La posible isoglosa de danzón parece corresponder a toda la cuenca del Caribe —al interior de México llegó por Yucatán— y es un fenómeno cultural más importante de lo que pueda señalar la coincidencia del significante.

Lo primero que llama la atención al abrir el diccionario es la gran cantidad de variantes, derivaciones morfológicas, significados diferentes y locuciones que enlista. Por ejemplo, a partir de arrollar, común en español, se encuentra arrollacalzones, arrollada, arrollado, arrollao. A partir de hablar, se registra hablachento, hablaculo, hablada, habladera, habladero, habladito, hablado, hablador, hablador,-a, hablaera, hablamierda, hablantín, hablantín, -a, hablantina, hablantino, -a, hablantinoso, -a, hablapaja, y 80 locuciones. Esa riqueza de datos, aunque debe manejarse con una cartesiana duda metódica, hace del DA una obra necesaria en toda biblioteca especializada en el conocimiento de la lengua española, a pesar de sus defectos.

La estructura formal del artículo, su microestructura, sigue las pautas comunes en lexicografía hispánica, por lo que es de fácil lectura. Cada artículo ofrece información de la lengua de procedencia de los vocablos, cuando se trata de orígenes amerindios o no españoles. Los verbos se citan en su forma infinitiva y se señala su funcionamiento sintáctico; de los sustantivos y adjetivos se ofrece su forma canónica masculina, pero seguida de la indicación de su forma femenina cuando la hay (feo, -a). Llama la atención el modo sistemático en que los nombres —sustantivos y adjetivos— dan lugar a entradas homónimas, en que se separa, por ejemplo, movida y movido,-a. Al hacerlo, movida, como sustantivo exclusivamente femenino, se separa de movido, -a que puede ser sustantivo o adjetivo, masculino o femenino. Si se atiende al significado, las acepciones agrupadas bajo I de movida comienzan por un significado mexicano: «Estrategia o maniobra que se realiza para llevar a cabo algún asunto»; sigue «Negocio sucio o ilegal» y solo aparece como tercera acepción «Movimiento que se hace de una cosa» —que sería el significado principal si se considerara una agrupación significativa de las acepciones—, porque se registró en Nicaragua —esta acepción es común en el español y, en consecuencia, tendrían que haberla dejado fuera del diccionario—. Luego aparece una acepción II: «Cita o romance secreto» y en III vuelve «Acción ilegal o inmoral», que debería formar parte de I. La acepción I.1 de movido, -a «Amante, persona con la que alguien tiene relaciones ilícitas o clandestinas» debiera haber formado parte de las acepciones de movida, y no corresponde al resto de las acepciones listadas bajo esta entrada, también dignas de consideración a partir del significado de mover. ¿No habría sido más correcto, semánticamente hablando, hacer un solo artículo movido, -a y englobarlas todas? En particular, la acepción I.1 de movido, -a atribuida a México hace suponer que un amante masculino es un movido, lo cual es falso. Este tipo de organización homonímica produce extrañamiento y muchas dudas: hablador en Costa Rica se glosa como «Habladera, palabrería»; hablador, -ra, como «Mentiroso», se registra entre otros países, también en Costa Rica. No se ve cuál habrá sido el criterio para dividir en dos homónimos.

Las acepciones se agrupan con números romanos, para mostrar la cercanía de sus significados, aunque el criterio de frecuencia los desorganice, y después con arábigos, para separarlas una por una. Cuando solo hay una acepción, parece inútil asignarle un número, lo cual consume espacio y da a la página un abigarramiento innecesario. No hay ejemplos, lo cual es un grave defecto de este diccionario, pues si ya es difícil imaginar en qué condiciones semánticas se pronuncian o se escriben los vocablos, dadas las grandes diferencias dialectales del mundo hispánico, al no haber ejemplos, el interés por comprender adecuadamente los significados de los vocablos y sus usos se ve completamente contrariado.

Para ilustrar el valor del DA haré una somera comparación entre lo que registra este diccionario y lo que registra el Diccionario de argentinismos, coordinado por Claudio Chuchuy para la colección del Nuevo diccionario de americanismos, dirigida por Günther Haensch y Reinhold Werner desde Augsburgo, al comienzo en colaboración con el Instituto Caro y Cuervo de Bogotá, pero posteriormente adoptada por la Editorial Gredos de Madrid como Diccionarios contrastivos del español de América, cambiándoles el nombre y falseando el título, pues ahora el Diccionario de argentinismos (DArg) se nombra equívocamente Diccionario del español de Argentina (2000), a pesar de que no se trata de un diccionario integral del español de Argentina, como lo es el publicado por la editorial Voz Activa de Buenos Aires en 2008.

No hay duda de que han tomado en cuenta el DArg, aunque a veces sin consideración de los registros que ofrece y generalmente abreviando la información; así por ejemplo, en relajar, el significado «Causarle empalago a alguien un alimento o una bebida» no lo registra el DA en Argentina, aunque sí en Bolivia, si es que «Producir hartazgo un alimento o una bebida» es solo una formulación diferente del mismo significado; el significado argentino de «Hacer objeto a alguien de bromas o burla» (acepción II) tampoco aparece, aunque lo registra en Uruguay «Insultar, criticar o reprender duramente a alguien». No encuentro la razón para que, si el DArg ofrece una documentación, generalmente mucho más detallada en cuanto a registros dialectales y de nivel de lengua, no se integre al DA. Las diferencias en las definiciones de los significados pueden obedecer a interpretaciones diferentes de los lexicógrafos de ambos diccionarios. ¿Se puede pensar que, cuando el DA modifica su definición, lleva implícita una revisión crítica de la definición del DArg? En suri refiere a ñandú, en ñandú la descripción se abrevia —la paradoja del orden de países en el artículo lexicográfico: en México, los únicos ñandús que se conocen están en el zoológico o los vemos en algún documental; sin embargo, la marca Mx preside la definición—; luego agrega «Ar.no “hombre cubierto de plumas y colgantes que en las fiestas religiosas danza ante las imágenes en las procesiones”», e igualmente «Que no tiene dinero», acepciones que no registra el DArg; en cambio, el DA no registra el juego infantil «¿Suri me quieres comer?», ni hacer el suri, hacerse el suri. En el artículo de cachulero define «Cosa ordinaria, de mal gusto» y «Persona tosca o poco refinada» pero el DArg es más detallado: «Persona de extracción social humilde, especialmente la que es tosca y tiene poca cultura», y «Una prenda de vestir o un adorno, que revela mal gusto». En cambio, el DA no da aigüé, que registra el DArg, aunque sí ofrece achinado y cachi, que aparecen como voces afines a cachulero en el DArg.

En relación con los supuestos mexicanismos, para los cuales la mejor obra de referencia sigue siendo el Diccionario de mejicanismos de Francisco J. Santamaría (Porrúa, 1959), llama la atención que registre cabete «Cordón del zapato» en Puerto Rico y no en México, aunque lo incluya el Diccionario de mexicanismos (DM) de la Academia Mexicana (2010). En machincuepa ofrece «Voltereta, pirueta, maroma», un racimo de seudosinónimos, como lo hace el DM. Es una lástima que abrevie la definición de chipotle del DM que, aunque vaga: «Variedad de chile picante, de color rojo ladrillo, que se usa una vez secado con humo», es mejor que la del DA, tan vaga hasta volverla inútil: «Variedad de chile».

Entre la multitud de variantes que ofrece el DA destacan las formadas por variantes gráficas, por ejemplo: güilo, huilo «Tullido» en México y Nicaragua; cuitlacoche, huitlacoche, güitlacoche en México; huille, huilli en Chile; pero muchas otras son variantes festivas de vocablos, cuyo cuño social estable da lugar a dudas. Por ejemplo, registra estuche en Centroamérica como «Ataúd» y aunque señala que es popular, culto, espontáneo y festivo, lleva a uno a preguntarse si se entendería fuera de contextos festivos muy localizados; en cabús, después de su significado mexicano de «Último vagón de un tren de carga para uso de los tripulantes», asienta como metafórico un significado de «Hijo nacido tardíamente»; aquí se trata de un juego espontáneo, del cual no hay constancia de frecuencia de uso, que permita asignar ese significado al vocablo; lo mismo causa dudas estoque, que remite a estocada como «Mal aliento» en El Salvador; en Puerto Rico ¿se dirá estufa normalmente a un automóvil sin aire acondicionado? Jocho como «Hot dog» es una forma desconocida en México, aunque se haya podido decir alguna vez. Toma del DM la entrada dodge, para introducir una locución en dodge patas «A pie», que evidentemente no es una acepción de un vocablo *dodge ¡señalado como marca registrada! El DM ha seguido este procedimiento de manera irracional, y el DA lo sigue (¿o fue al revés?). En otras palabras, su afán de atenerse a lo que hayan registrado sus fuentes, sin ponerlas en tela de juicio, puede haber dado lugar a una verdadera inflación de formas y acepciones cuyo lugar más bien correspondería a estudios acerca de los juegos verbales en el mundo hispánico, en vez de darles cuño social en un diccionario.

El DA requiere una revisión crítica seria, rigurosa y con conocimiento de los métodos y los procedimientos de la lexicografía contemporánea; para los especialistas es una importante fuente de datos; para los lexicógrafos dedicados a elaborar diccionarios bilingües y los traductores a lenguas extranjeras, una obra riesgosa, pues puede inducirlos a atribuir correspondencias entre el español y las otras lenguas que no tienen sustento desde el punto de vista del cuño social de los vocablos registrados; para el público en general, una obra que sorprende por la acumulación de información que ofrece, pero que puede llevarlo a cometer errores de contexto y de cultura, si lo utiliza para dirigirse a hablantes de otros dialectos.

Bibliografía
-Academia Mexicana de la Lengua (2010): Diccionario de mexicanismos. México D.F.: Siglo XXI.
-Chuchuy, Claudio, y Laura Hlavacka de Bouzo (coords.) (1993): Nuevo diccionario de argentinismos. Tomo II de la colección Nuevo diccionario de americanismos. Santafé de Bogotá: Instituto Caro y Cuervo.
-López Morales, Humberto (2005): Diccionario académico de americanismos:presentación y planta del proyecto. Buenos Aires: Academia Argentina de Letras.
-Santamaría, Francisco J. (1959): Diccionario de mejicanismos. México D.F.: Porrúa.




martes, 12 de noviembre de 2013

Quizás habría que haber pensado un poco más lo del cadáver...

El 30 de octubre pasado, Guido Carelli Lynch publicó el siguiente artículo en el diario Clarín.

Ya se puede ver en Internet
el diccionario de este continente

“¡Sobre mi cadáver!”, se exaltaba hace unos días en Panamá, durante el Congreso de la Lengua Española, Humberto López Morales, secretario de la Asociación de Academias de la Lengua (ASALE). Esa respuesta –aseguraba a Clarín – había preparado si sus colegas de la Real Academia Española (RAE) no daban rienda a su iniciativa de crear un Diccionario de Americanismos. Pero no hizo falta, este académico se salió con la suya y en octubre de 2010 la ASALE publicó su propio diccionario con 70 mil palabras y un total de 120 mil acepciones que se utilizan en este continente, donde vive el 90 por ciento de los hispanohablantes. Ahora, la obra está disponible en Internet, en http://lema.rae.es/damer/.

El español se ensancha todo el tiempo. Del este al oeste y del norte al sur. El diccionario de americanismos es un muestrario de ese desarrollo, que nunca es antojadizo. Porque con la primera intervención estadounidense en República Dominicana surgió el concepto de partywatcher, que era el vigilante de las fiestas adonde acudían los gringos. La palabra se dominicanizó: hoy un pariguayo es una “persona que hace el ridículo por no estar a la altura de las circunstancias” o un sinónimo de estúpido. En el mismo país y en Honduras, petardo se utiliza para denominar un “pedo estruendoso y de mal olor”. Pero en Puerto Rico el petardo es el rabo de gallo, una bebida. Una “traba”, en cambio tiene muchas y distantes acepciones. En Nicaragua, Bolivia y Chile (y también en la Argentina aunque el diccionario no dé cuenta) se utiliza como sinónimo de “gancho” para el pelo. En Colombia, en cambio, es el estado de euforia tras el consumo de algún estimulante. Una guagua, por el contrario, puede ser un “niño de pecho” en Colombia; un autobús en México y Centroamérica; o una “piedra en forma de media luna que se emplea para moler” en Bolivia. El diccionario identifica el argentinismo “gorila”, como “persona de ideas reaccionarias y gobiernos autoritarios”. Pero en Costa Rica, la palabra describe a los hombres corpulentos.

Por todos esos malos o buenos entendidos, López Morales creía que el Diccionario de Americanismos era una necesidad. Porque el Diccionario de la Real Academia Española, que ya lleva 22 ediciones, sólo incluye los americanismos que se hablan en más de tres países o en España.

El proceso para unificar criterios para este diccionario llevó casi tres años. Cada una de las 21 asociaciones americanas y la propia RAE colaboraron con el proyecto, enviaron sugerencias y correcciones. Pero por distancias y política –la ASALE funciona en el edificio de la RAE y se financia con recursos del ministerio de educación español– las decisiones finales se tomaron siempre en Madrid.

El prólogo del diccionario precisa la génesis del proyecto. Los primeros intentos datan del siglo XIX, cuando surgió la mayoría de los academias latinoamericanas. Recién en el Congreso de la ASALE de Puerto Rico en 2002 se acordó avanzar en el proyecto.

Algunas críticas perduran. “No es exhaustivo ni exacto. Baste como ejemplo la palabra “mouse”, de amplio uso en América.

El Diccionario de Americanismos dice que se usa solo en Panamá y Estados Unidos, el DRAE la ignora y el Diccionario Panhispánico de Dudas la desaconseja. Las decisiones fueron tomadas en Madrid, como se admite en el prólogo”, dispara el uruguayo Ricardo Soca, editor del popular sitio elcastellano.org y un crítico asiduo de la RAE.

La filóloga argentina Ana María Gargatagli cree que un diccionario como el de americanismos refuerza la idea de que existe un castellano general (y culto) que se utiliza en España y cientos de formas dialectales que ni siquiera comparten todos los países de América.

En el diccionario de americanismos hay proporcionalmente más insultos que en el DRAE. “Hay palabrotas tremebundas, pero esto no es un diccionario de piedad, están las palabras que se usan”, afirmaba el secretario de la ASALE.

La Asociación prepara por estos días una nueva edición, que podría ser presentada después de su próximo Congreso, en noviembre de 2013. “Tenemos unas 700 enmiendas, nuevas acepciones, nuevos orígenes. Hay además palabras que nacen y otras que mueren, como la vida misma”, explicaba López Morales.

Basta echar un vistazo al diccionario y no ser ningún letrado pare ver cuántos significados y orígenes deben ser corregidos. Mientras tanto, lejos de las academias, nuevas palabras nacen y se forjan.

lunes, 11 de noviembre de 2013

"Operación Masacre" en inglés

Una nota de Sebastián Hernaiz publicada en la revista Ñ del sábado 26 de octubre pasado, a propósito de la traducción al inglés de Operación Masacre, de Rodolfo Walsh.

Walsh y sus precursores

Durante mucho tiempo, la crítica literaria argentina y latinoamericana se regodeó en un dato: la literatura norteamericana será todo lo buena que sea y Truman Capote será un delicioso gurú del “nuevo periodismo” con su literatura de “no-ficción”, pero su libro A sangre fría , el primero donde el escritor norteamericano pone en práctica el uso de estrategias literarias acotadas al trabajo minucioso sobre datos tomados de la realidad, es recién de 1965. En la Argentina, en tanto, el género de no ficción, el sutil trabajo con estrategias literarias tomadas del policial clásico, del policial negro, de la ficción borgeana y de otras tantas fuentes, fue inaugurado por Rodolfo Walsh en Operación masacre, casi una década antes. Walsh creyó encontrar, en el fusilado que vive del que surge su investigación, un notición, una gran historia, el hombre que mordió al perro: su camino al éxito periodístico. La crítica literaria, en la avanzada de Walsh, encontró un fetiche.

Por más ediciones que se hicieron de la obra de Walsh en la Argentina y Latinoamérica, por más que su tarea de traductor de obras escritas en inglés siempre esté latiendo por detrás de su prosa, por más fundador que fue del género de no ficción, hasta estos años su obra no había encontrado traducciones que lo hicieran circular con facilidad en el resto del mundo.

Después de la feria de Frankfurt donde Argentina fue invitada especial, Operación masacre encontró proyectos de traducción al alemán y al francés, y recién este año la traductora y crítica literaria Daniella Gitlin logró publicar junto al sello independiente Seven Stories Press su cuidada traducción al inglés que se distribuye en estos días en Inglaterra y Estados Unidos. La edición fue realizada con el apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores de la Argentina y se puede leer en su nueva edición inscripto un nuevo contexto que justifica y renueva sus sentidos.

Desde 1957, Operación masacre se reeditó varias veces. Y como en cada una de esas ediciones, esta traducción al inglés incluye modificaciones que la inscriben de un modo intenso en su presente. La edición sigue las difundidas desde los años noventa: retoma la última edición en vida de Walsh, agregándole la famosa “Carta abierta de un escritor” que enviara a la Junta Militar el mismo día en que iba a caer en una emboscada y los apéndices documentales que se fueron borrando y cambiando con el tiempo. La edición de Gitlin, además, incluye, para el lector anglosajón que recién se inicia en la obra de Walsh, un glosario, mapas, notas y una introducción impresionista del escritor Michael Greenberg. El libro se cierra con una versión de la conferencia que Ricardo Piglia hace unos años hizo circular en libro como “Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades)” y con una detallada nota de la traductora, que analiza el estilo de Walsh, la importancia y eficacia de su obra y distintos matices de la traducción. En la tapa se lee una declaración de Eduardo Galeano que funciona como síntoma de ciertos elementos que caracterizan la incorporación de Walsh en su nuevo contexto de circulación: no sólo el libro es una cuidada traducción que entabla un potente diálogo entre dos tradiciones literarias, sino que inscribe en el contexto anglosajón la figura de un escritor latinoamericano como símbolo de la unión entre literatura, periodismo y una escritura comprometida con el activismo político.



viernes, 8 de noviembre de 2013

"El ardid de realidad intensificada"

Una columna de Antonio Fernández Santisteban aparecida en el Periódico de Poesía (nº 63, octubre de 2013), que dirige Pedro Serrano publica la UNAM. Si la argumentación del autor fuera dada por buena, he aquí una serie de cuestiones sobre las que los traductores deberían pensar.

Sobre el idioma de dos monstruos

Proust, la cumbre del francés, redujo el idioma hablado por sus compatriotas a un dialecto. Shakespeare, otro océano verbal, sobrepasa al Webster y a la Biblia del rey Jacobo, aunque con un inglés que es una invención deliberada. Mercutio, Feste, Rosalind, Lear suenan bien —o sea, a lo que son—  pero raro, debido no solamente a la pátina retórica de su amplificación dramática y al verso suntuoso del bardo inglés, tan repleto de mundo que incluye hasta nuestras dudas sobre sus carambolas ingeniosas, terminología nueva, sentidos secundarios, sino también a que las gentes que imaginó se oyen hablar, como murciélagos ciegos a la existencia que necesitasen para seguir avanzando el rebote contra su vivir del eco de sus palabras, las cuales vuelven alrededor suyo tal un halo para envolver sus acciones. Este carácter cavernoso de sus voces los aísla un poco de los demás incluso cuando dialogan, los retrasa o adelanta meditativamente en relación con el hilo argumental o los lleva a dirigirse a nosotros más como confidentes de sus profundidades que como actores a una audiencia. Por lo demás, sus frases, cuyas ondas al volver a la acción interfieren con las que siguen pronunciando, los ramifican y nos ofrecen así un suplemento de conciencia muy superior al que requerimos para andar entre nuestras ocupaciones, pero que se paga en los personajes shakespeareanos al costo de una cierta rigidez hierática, como la que aparece en los frescos funerarios egipcios donde vemos a faraones y notables rodeados de la vida que vivieron bajo una lluvia de jeroglíficos. Parte de lo que dicen se les escapa y queda, residual, indicando que una existencia no basta para ser contada. Así pues, pese a que en el teatro de Shakespeare el dicho pronostica o glosa el hecho, ese residuo permanece al término de sus obras como una miríada de posibles interpretaciones que las comprimen hacia sus centros neurálgicos y restan eficacia dramática a algunos de sus desenlaces. Puesto que hablamos de interpretaciones, vaya aquí una posible. Al parecer Hamlet mató a Claudio, el usurpador, antes del último acto, por lo cual la escena sangrienta habría de leerse no en cuanto conclusión de la obra, sino a manera de un exordio destinado al porvenir que se grabó en el monumento funerario del príncipe: encomio y advertencia de una conducta ejemplar.

Resulta claro que Shakespeare no sería el padre de la literatura moderna si no hubiera creado un orbe de psicologías, cada cual diferente, cada cual reveladora de lo que somos; lo único que intento mostrar es que las observamos a través del prisma de un lenguaje ligeramente desfasado que las difracta en todos sus colores, quitándoles así la blanca claridad de la unidad luminosa. 

La población de la Recherche, en cambio, coincide cómodamente con lo que habla. El Director eslavoide del Gran Hotel se expresa con los disparates de un políglota advenedizo, Norpois sirviéndose del plomo y sin la menor sospecha del meollo que pintan a cualquier diplomático, el joven Bloch creyéndose un prematuro escéptico, Françoise con los giros y las incorrecciones gramaticales de una criada, el padre de Marcel como el hombre de bien algo ingenuo que es, su abuela preocupada por su salud, la del personaje narrador, como la abuela arquetípica que todos quisimos tener: firme ante los caprichos, premiando el más leve progreso. ¿Y la feminidad tan parisiense de Odette, los exabruptos juveniles de Albertine?; ahí están las dos vistiendo seda o saten, dispuestas, del mismo modo que sus entonaciones, a incendiar los celos masoquistas de sus galanes.

Menor compañía que la de Balzac, pero mostrada por boca propia, por una inteligencia de sus palabras que nos da a la vez sus raíces y los motivos de su comportamiento. Cuando uno oye a Lucien Rubempré en la poderosa Comédie humaine, oye horrorizado la grosera entonación de Balzac. Parejamente, Eugénie Grandet y Vautrin y el primo Pons hablan por su glotis de pescadero pomposo. De ahí que resulte vano diferenciar en aquella capilla sixtina por el tono o el timbre; hay que hacerlo desde fuera o por dentro del personaje. En la Recherche ambas planos se funden en una página próxima a la emisión oral donde el estilo rodea y clausura lo narrado como si lo extrajera de la nada y éste surgiese con una frescura inédita, desdibujando, debido a nuestra vaguedad ante un modelo más jugoso, nuestras situaciones físicas y mentales. No sólo vida, sino dotada de mayor amplitud, ya que, a semejanza de Shakespeare, aunque preservando la unicidad de sus creaturas, Proust logra que lo latente cobre la abundancia de lo manifiesto. Así, a mediodía el barón Charlus va perseguido en una calle de Balbec por los fantasmas de sus perversiones, espectros que espiamos en su mirada leyendo distraidamente un cartel y que, con la fuerza de los convocados por Baudelaire, tienen para nosotros la convicción de su canotier de paja negra o la rosa espumosa que lleva en el ojal de la solapa. Al conocer a estos personajes, uno los recibe agrandados por sus reverberaciones, uno se frota los ojos para sacudirse el ardid de realidad intensificada con que nos asombra su hipernaturalidad. Las palabras de Proust distinguen con plenitud a quienes las pronuncian. Su idioma revela como no lo ha hecho otro.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Más sobre lo mismo, pero mucho antes


A propósito de la columna de Guillermo Piro en el diario Perfil, se ofrece hoy esta otra, publicada por Marietta Gargatagli en El Trujamán el 22 de mayo de 2002.

Traducción: femenino y singular

Suele decirse, en tono conspirativo, que las traducciones de Jorge Luis Borges fueron hechas por su madre: Leonor Acevedo. De ser cierta esta afirmación, la historia literaria debería recuperar la obra de esta mujer, nacida en 1876, y a la que su tiempo privó de estudios aunque no de cultura. Se ocupó de William Saroyan, de Nathaniel Hawthorne, de Herbert Read; también, según su hijo, de las versiones de Herman Melville, Virginia Woolf y William Faulkner que se le atribuyen. Dirimir la autoría de estos trabajos no es fácil; lo más probable es que Leonor Acevedo redactara una çeda, un borrador a la manera medieval, que luego sería corregido por ambos. Justificarían este procedimiento las dificultades visuales del escritor y el desinterés que tenía por la extensión de estos menesteres. A él le bastaba un fragmento (y la lista de autores que tradujo de este modo es impresionante) para probar, aceptar o rechazar un estilo. Como experimento o reflexión, la traducción ocupó un alto lugar; como práctica profesional, quizá solo fue tolerable si podía compartirla con alguien. La lista de sus colaboradores en esta materia es bastante larga: Ulises Petit de Murat, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Roberto Alifano, María Kodama. También su madre.

La presencia de Leonor Acevedo de Borges en esta nómina no debe llamar la atención. Existe un precedente notable: la ayuda que ofreció Jeanne Weil a su hijo: Marcel Proust. Según George D. Painter, su biógrafo, para la traducción de The Bible of Amiens de Ruskin utilizó su valiosa ayuda. «La paciente Mme Proust efectuó una traducción literal, palabra por palabra, en varios cuadernos escolares con tapas rojas, verdes y amarillas. Las limitaciones comprobadas de los conocimientos de inglés que tenía Proust parecen de formidable importancia, pero no le impidieron conocer la obra de Ruskin. Incluso en el caso de suponer que el mérito de la fidelidad recayera en la madre de Proust, y que los errores de bulto debieran atribuirse a él, no cabe duda de que la elegancia de la traducción, la profunda comprensión del más recóndito significado de la obra de Ruskin y la participación en el modo de sentir del maestro, corresponden exclusivamente a Proust».

No tener voz propia y desaparecer tras el anonimato parece ser un destino femenino: estas madres, al escribir para la gloria de sus hijos, repitieron una historia de siglos. Sin embargo, ¿en qué se diferencia este silencioso devenir, de la mudez inefable, el impostado disimulo, la prudente discreción de todos los traductores?