martes, 14 de febrero de 2017

Léase con atención: un traductor es acusado de traidor



Ilya Troyanov
Pocas veces el  refrán que iguala a los traductores con los traidores, tan útil para locutores y periodistas de pocas luces, estuvo tan cerca de la terrible realidad como en el texto que sigue y que, hasta que dé una explicación plausible, pone al influyente traductor búlgaro Liubomir Iliev en el centro del huracán. 

Para contextualizar lo que se va a leer, conviene saber que Ilya Troyanov (Sofia, 1965) es un escritor búlgaro que, en 1971, huyó de su país con su familia  y se instaló en Alemania. Una de sus obras más recientes es la novela Poder y resistencia, escrita en alemán y publicada en 2015. Por sus dichos, la novela en cuestión fue desvirtuada por razones que él supone políticas al ser traducida a su lengua natal. El traductor es uno de los más respetados traductores de Bulgaria y una figura realmente poderosa en el ámbito de la traducción  en Alemania, ya que es uno de los miembros del comité del Europäischen Übersetzer-Kollegium de Straelen.

El artículo de Troyanov hasta la fecha no fue desmentido por Iliev. Lo que hubo fue un silencio atronador tanto en la prensa alemana como en el ámbito de los colegas de ese país. Hay quien supone que Troyanov le esta cobrando a través de Iliev algo a los servicios secretos de su país natal. Y hay quien supone que Iliev es efectivamente alguien vinculado a esos servicios secretos.  Se trata, como podrá leerse, de una cuestión más que delicada a la espera de una condena o una rotunda desmentida.
  
El texto fue publicado el 27 de enero pasado, por el influyente Frankfurter Allgemeine Zeitung, que es uno de los diarios alemanes más serios. Se ofrece a continuación en traducción del cubano Orestes Sandoval López, quien tuvo la gentileza de enviarnos el texto.  


Traición, ¿cuál es tu nombre?

Recientemente “traidor al pueblo” fue elegida como la palabra tabú del año 2016. La vocera del jurado declaró que la expresión es una “herencia de las dictaduras”. ¿Pero por qué no existe la expresión “traidor al ser humano”? ¿A pesar de que denomina de manera incomparablemente más precisa la perfidia interpersonal en la que se asienta el amplio sometimiento de la población?

Desde hace unos veinte años sostengo conversaciones en Bulgaria con hombres, ninguno de ellos joven, que estuvieron sometidos a represiones durante la época de la dictadura comunista: vigilancia, apresamiento, chantaje, coacción, tortura, trabajos forzados, aislamiento. Una y otra vez hablábamos sobre la relación con aquellos que, después de 1989, fueron desenmascarados como denunciantes y chivatos y, por ende, como traidores a una amistad o a una causa común. Una y otra vez me contaban que ninguno de aquellos que cargaban culpas consigo había buscado jamás la conversación clarificadora, conciliadora o, a instancias del traicionado, había hecho una confesión, y ni hablar de pedir una disculpa. Ninguno había intentado jamás establecer un debate. Esto es válido para todo el antiguo bloque socialista, salvo algunas pocas (conocidas) excepciones. También la literatura ha estado menos dispuesta a este atrevimiento de lo que cabe suponer. Hasta ahora el denunciante aparece más bien poco como figura a modo de ejemplo. Mi ocupación de décadas con estas cuestiones desembocó finalmente en la novela Poder y resistencia, en la que toco no solo el tema de la traición sino que lo entretejo en la estructura del texto como trauma individual y herida social abierta.

La traducción búlgara de la novela apareció en el verano de 2016. Aproximadamente al mismo tiempo apareció un libro de poemas del filólogo Plamen Doinov con el título La fiesta de los tiranos. Algunos de los poemas tienen títulos poco comunes: “Agente ‘Yuri’ traduce a Robert Bly” o “Agente ‘Kantscho’ traduce a William Faulkner”. Probablemente nunca habría oído hablar de esa publicación si en la página 41 no hubiese aparecido un poema titulado “Agente ‘Georgi’ traduce Poder y resistencia”. Para cuando me enteré, ya era invierno. Cuando me llamó un amigo para darme la noticia, estaba yo en ese momento en el mercado navideño de la KulturBrauerei de Berlín, bebiendo vino caliente con el editor Christoph Links, el cual, entre otros títulos, había publicado el Diccionario de la Seguridad del Estado. De pronto me sentí un personaje de mi propia novela.

Liubomir Iliev
Tan pronto como pude, llamé por teléfono a Plamen Doinov. Se mostró sumamente reservado; se comportó como si yo fuese un fiscal y él un acusado. Varias veces repitió que al teléfono no se podía hablar esas cosas. A la pregunta sobre qué lo había motivado a hacer ese poema, respondió que, en su condición de historiador literario, había accedido, con motivo de sus investigaciones, a los dossiers de la antigua Asociación de Escritores y Traductores. Que los expedientes que leyó hablaban un idioma claro. Y que por esa razón le parecía muy llamativo que precisamente esa persona tradujera Poder y resistencia. Que por lo demás no conocía al traductor Liubomir Iliev y que no había razones personales para su revelación. De manera convincente explicó cómo había identificado a las personas detrás de los nombres encubiertos gracias a la mención de pasada de los títulos de los libros que estos habían traducido o publicado.

El cuidado de Plamen Doinov tiene una razón muy sencilla: miedo a las sanciones estatales. La develación pública de los nombres encubiertos de los “colaboradores informales” es potestad única y exclusiva de la Comisión de los Expedientes de la Seguridad del Estado, y esta lo ha hecho hasta ahora solo en los casos de funcionarios públicos o profesores, periodistas y algunas otras personas de relevancia pública. Una persona privada que tenga acceso a su expediente personal (o a otros), está obligada a  no revelar los nombres de terceras personas (por lo regular tachados en negro) so pena de cárcel por varios años. Esto es válido también para la investigación científica. Con sus poemas Plamen Doinov solo encontró una refinada manera de cumplir con su deber ético sin por ello incurrir en delito. En no pocos países excomunistas, entre ellos Bulgaria, la protección de los sujetos del delito está por encima de los derechos e intereses de las antiguas víctimas.

La página en cuestión del libro de poemas, que me enviaron escaneada, revelaba una adenda inusual hasta ahora en la tradición lírica, un trozo del expediente de la Seguridad del Estado, un fragmento apenas comprensible, venido de las catacumbas del poder:

B) Agente “Georgi” – II para

- constatar las estrechas relaciones del objeto en círculos de autores y traductores, así como el tipo de relaciones entre ellos, también los puntos de encuentro…

- analizar actitudes artístico-intelectuales e informarnos al respecto…

Mientras leía una y otra vez el poema pensaba en los encuentros con mi traductor durante un colegio de traductores en Straelen, donde al final todos mis traductores leyeron en sus respectivos idiomas el inicio del segundo capítulo: “Traición, ¿cuál es tu nombre”? Recordé su conmovedor relato sobre su abuelo perseguido político, por lo cual la novela le hablaba tanto al corazón. Recodé sus reflexiones acerca de cuán importante era ese libro para romper con la amnesia en Bulgaria. Recordé las repetidas muestras de solidaridad y respeto mutuos. Me negaba a creer el reproche. Le escribí un  email cuidadosamente redactado, preguntándole sobre la veracidad de ese poema. Me respondió en alemán que no lo conocía, que era una calumnia, cuya autoría, no obstante, sospechaba; que tampoco él conocía que era el “agente Georgi”; que no conocía a Plamen Doinov; que estaba pensando en si iniciaba o no pasos legales contra este, pero que prefería hablar primero con un abogado. Me proponía archivar la historia por el momento, que la verdad pronto saldría a la luz; que en algún momento podríamos hablar entre nosotros sobre el tema, a pesar de que no tenía ninguna razón para justificarse.

Las paredes de mis ilusiones se derrumbaron. En el breve correo estaban ejemplarmente colocadas en fila todas las fases y frases de la autojustificación. La negación, la aseveración de una calumnia, el deseo de callarlo todo. La dialéctica del engaño – el manto  del silencio se encargará de que la verdad salga a la luz – me dejó perplejo. Una ulterior pregunta de mi parte quedó sin respuesta. Todo lo demás fue silencio. A pesar de que percibí ese correo como confesión de culpa, quedó un resto de tormentosa incertidumbre. Hasta que Plamen Doinov, en una conversación en privado con el periodista Germinal Civikov, un antiguo colaborador de la emisora Deutsche Welle, decidió salir al descubierto. El poeta declaró que los documentos a que tuvo acceso demuestran que el traductor Liubomir Iliev era un “denunciante de larga data, especialmente acucioso y malévolo”.

Precisamente cuando creía que las cosas no podían empeorar, recibí un correo de Germinal Civikov: “Ahora me explico algunas de las raras incongruencias en la traducción del libro.” No solo mi confianza había sido perjudicada, sino también la traducción. Hasta ese momento yo había considerado los errores como chapucerías o descuidos. Pero ahora gravitaba una espeluznante reserva sobre todo el texto. Un grave cambio ya me era conocido. En el centro de la novela se halla un atentado con bomba a la estatua de Stalin en Sofía. Los documentos demuestran cómo la Seguridad del Estado trata de difuminar los hechos hasta que al final no queda claro si el atentado ocurrió o no. Por eso el siguiente cambio de perspectiva es tremendamente importante. Konstantin, el luchador de la resistencia, describe desde su perspectiva: “Pero yo… me quedé esperando toda la noche para ver cómo caía la cabeza de Stalin al suelo. Solo cuando la vi caer de cara en medio del lodo, salí huyendo. Tenía que darme ese lujo. No solo para probar el efecto de nuestro ataque, sino también para atestiguar la belleza del hecho.”

Todo este párrafo aparece en subjuntivo en la traducción búlgara, como si Konstantin fantaseara, como si la Seguridad del Estado, que sembraba dudas por doquier, quizás sí tuviera razón a fin de cuentas. ¿Intención o descuido? ¿Se traduce en otro sitio la palabra “cómplices” sin mala intención como “simpatizantes”? Sin acceso a los expedientes de la Seguridad del Estado, sin una conversación abierta con el traductor no se pueden aclarar las cosas. Con cada intrusión en el texto que me hacen llegar (faltan párrafos enteros, por ejemplo uno importante sobre los campos de trabajo en Lovetsch y Skravena), me estremeció la terrible sospecha de que la hegemonía de la Seguridad del Estado se había volcado a posteriori sobre el texto. ¿Era yo paranoide o realista al suponer que el antiguo denunciante seguía cumpliendo tareas por encargo de sus antiguos señores? ¿Por qué había asumido voluntariamente ese encargo de traducción? Me hallaba desterrado a ese reino de suposiciones y sospechas que los testigos de época describen como realidad infame del antiguo sistema.

Por teléfono me dijo un antiguo prisionero político, uno de los modelos para el personaje de Konstantin, que había comenzado a leer la traducción palabra por palabra como si bebiera sorbos de té hirviendo, cada uno de los cuatro niveles textuales por separado, en busca de expresiones literarias de la traición. Yo había sostenido intensas y fructíferas conversaciones con él, pero solo ahora fui capaz de sentir directamente la repugnancia con la que él tuvo que vivir día y noche desde su juventud.

En el impresionante relato de Inga Wolfram “Traicionar – Seis amigos, un chivato, mi país y un sueño” la autora sostiene una conversación con el antiguo redactor jefe del periódico Junge Welt, Arnold Schölzel, que durante muchos años se dedicó a denunciar a los otros miembros de un grupo de discusión crítica en la RDA, grabando incluso sus conversaciones en secreto con una grabadora. A la pregunta: “¿Nunca tuviste mala conciencia?” responde: “No”. “¿Te arrepentiste alguna vez de tu trabajo para el Ministerio de Seguridad del Estado?” Respuesta: “No, arrepentimiento, expiación, pecado, traición, todas esas son categorías morales, todas son válidas para cada individuo en particular, pero yo pensaba y sigo pensando que ahí también se podrían abrir contrapartidas…”

No sé qué contrapartidas pueda haber abierto el traductor de Poder y resistencia. Él abusó de la confianza del autor. Fingió proximidad biográfica. Ha cargado culpa sobre sí (una culpa que está protegida por las leyes de su país) y nunca ha mostrado arrepentimiento. Hay que insistir: ¡Tenemos que despreciar la traición!





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