martes, 29 de noviembre de 2016

"Algo imposible de descifrar"

José Sánchez del Campo, "Cara Ancha"

Ricardo Bada publicó la siguiente columna en El Trujamán del 24 de noviembre pasado. En ella no se refiere estrictamente a traducción, sino a lo que se pierde, en el propio idioma, cuando cambiamos de provincia.  

Variaciones sobre un idioma común que nos desune

Quieras que no, y a pesar de la globalización informativa, los distintos desarrollos históricos de los países donde dizque se habla y se escribe en español han creado conjuntos léxicos que ningún diccionario logrará absorber jamás y que nos permiten asumir la paradoja de Shaw al hablar del distinto inglés que se habla y escribe en Inglaterra y los Estados Unidos: el idioma común que nos desune.

En México, a los autobuses que se dedican al transporte urbano de pasajeros los llaman «camiones», y para distinguirlos de los camiones dedicados al transporte de mercancías, a estos se los llama «materialistas». Y me han asegurado, y hasta lo sé de muy buena tinta, que una de las señales de tráfico que convierten a México en el paraíso surrealista que entrevió algún día André Breton es aquella que reza PROHIBIDO A LOS MATERIALISTAS ESTACIONAR EN LO ABSOLUTO.

Convengamos en que ni siquiera a don Emmanuel Kant, en aquellos momentos de altísima inspiración donde se sacó del caletre la doctrina del idealismo, ni siquiera a él, se le hubiese ocurrido semejante exabrupto. ¡Nada menos que prohibirle a los materialistas el acceso a lo Absoluto!  ¡Por Dios!, como clamaba Álvaro Mutis en estos casos.

Yéndonos ahora al Cono Sur, me pregunto, por ejemplo, qué es lo que podrá significar para un chileno el verso de don Antonio Machado que dice, en uno de sus poemas castellanos, aquello de «ese hombre de un casino provinciano / que vio a Carancha recibir un día».

En Chile no se conocen las corridas de toros, es más: las repudian, y por lo tanto Carancha no es el nombre de un viejo y famoso torero, pero —sobre todo— se ignora allí que la concatenación torero-matar recibiendo implica una referencia a una de las suertes más arriesgadas y peligrosas del arte de Cúchares: el matador se perfila para matar y atrae hacia sí la embestida del toro clavándole a pie firme el estoque en el morrillo. Es decir: no es el matador quien se vuelca sobre el toro sino el toro quien se arranca hacia el torero, cuyo pulso debe ser infalible en ese momento de la verdad, de lo contrario puede pagarlo con la vida, como le sucedió a Manolete la tarde trágica de agosto de 1947, en Linares.

Entonces, para alguien que sabe de toros y que lee u oye el verso de Machado («ese hombre de un casino provinciano / que vio a Carancha recibir un día»), la cosa está muy clara: aquel instante ha sido una epifanía en la vida del provinciano visitante del casino, algo imposible de olvidar. Mientras que para el chileno, el argentino, el uruguayo, el paraguayo…, en fin, el que viene de países sin tradición tauromáquica, se trata de algo imposible de descifrar.

Y me gustaría redondear este trujamán con un tercer ejemplo de incomunicación entre ambos lados del océano, pero no tiene nada que ver con problemas léxicos sino más bien con una de las características más emblemáticas de lo que, para entendernos, llamaré «la raza española», y es la mala uva, que en las más de las ocasiones no es más que un esperpéntico disfraz de otra de las características asimismo emblemáticas de esa misma raza, y es la envidia.

En el prólogo de Juan Benet a la edición española de Palmeras salvajes, de William Faulkner (Edhasa, Barcelona, 1970), de repente uno se enfrenta con esa frase: «me veo obligado a transcribir las citas del texto traducido por Borges, por carecer de otra edición». Imagino lo muy descansado y satisfecho que se habrá quedado el señor Benet después de arrojar ese puñado de seudoironía desdeñosa a la tarea de Borges como traductor de Faulkner. Pero lo que fabricó es un boomerang.


Porque si uno dice que se ve obligado, para hilar sus argumentos, a citar de un texto traducido por otro, es evidente, a) que no domina el idioma original del texto traducido; y b) que si no lo domina, ¿de dónde saca la autoridad para desautorizar la traducción de la que va a citar? Y, sea como fuere, la traducción de Borges no debe de ser tan desdeñable puesto que el señor Benet extrae de ella nada menos que veintisiete citas, alguna de las cuales hasta le sirven para basar su juicio ¡¡sobre la prosa de Faulkner!! Por la boca muere el pez.

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