martes, 28 de febrero de 2017

En Marsella y hasta el 20 de marzo, una exposición muy muy francesa dedicada a la traducción




En el diario Le Monde, del 17 de febrero pasado, Julie Clarini se ocupa de hacer una reseña –bien al estilo francés, por si hubiera que aclararlo– de una exposición dedicada a la traducción, que, con curaduría de Barbara Cassin –directora de investigaciones del CNRS, traductora y directora de colecciones consagradas a estudios filosóficos–, tiene lugar hasta el próximo 20 de marzo en el Mucem (Musée des civilisations de l’Europe et de la Méditerranée), de Marsella. El texto se ofrece en traducción del Administrador).

Donde los genios de las lenguas se hablan

En hebreo, la raíz etimológica que lleva a Babel se enmaraña. Está en algún lugar entre “confundir” y “enredar”, recordando el lío suscitado por la diversidad de las lenguas, castigo tan súbito como divino. En Marsella, en la exposición “Después de Babel, traducir”, propuesta por el Mucem, de tan bellos que resultan los hechos y los gestos culturales surgidos de ahí, de tan notables que son los movimientos hacia el otro, que se expresan en el acto de la traducción, ese desorden parece una bendición. Digamos que el desorden del mundo algo feliz, siempre que uno encuentre  felicidad saltando las fronteras.

Barbara Cassin lo sabe bien. La filósofa y curadora de esta exposición, de la cual también dirigió el catálogo (Actes Sud/Mucem, 264 páginas), enriquecido con las colaboraciones de Alain de Liberta, Gisele Sapiro, Souleymane Bachir Diargne... En paralelo, Cassin publica un Eloge de la traduction. Compliquer l’universel (Fayard, 248 páginas), en el cual vuelve sobre el lugar que ocupa la traducción en su obra y, más ampliamente, en su disciplina. Helenista, se combronta de entrada al enigma del “bárbaro”, palabra con la cual los griegos designan al que está privado de la palabra (del logos) y al que sólo produce onomatopeyas: de la boca del no griego sale un infame “blablá”.

Esta visión primordial, que hace que cada pueblo se considere como el propietario de la lengua universal, abre la exposición: hay un cuadro del pintor estadounidense Mel Brochner (Blah Blah Blah, 2011; N.del Ed.: ver la ilustración de esta entrada), ánforas griegas antiguas adornadas con guerreros escitas, una estatuilla china de terracota del siglo VII que representa a un “nariz larga”, un gráfico del lingüista Mark Liberman que permite saber cómo dicen los chinos “para mí es chino básico”. En una alegre casa de espejos donde todo se refleja. Esto puede causar vértigo, del mismo modo que lo provocaría el ascenso a la torre de Babel, inestable bajo el pincel de Brueghel el Viejo (1563), como la de Pisa. Esto también puede suscitar una agradable ebriedad. Babel, ¿maldición u oportunidad?

Dos mujeres jóvenes hablan de amor
El catálogo hace honor a la mayoría de las obras reunidas en el Mucem, enriqueciendo además la iconografía. El acto de traducción es un gesto abstracto, que uno habría podido creer se prestaba poco a una exposición. En realidad, habita tan fuertemente las culturas, por diversas que éstas sean, que a Barbara Cassin le costó elegir. “He privilegiado las obras que son testigos, incitaciones a pensar. No simples ilustaciones, sino “mostraciones”: obras u objetos que indican por dónde pasar para pensar”. De los afiches, pinturas, grabados, tapices o videos presentes en la exposición, retenemos la fuerza de ciertas obras (como la tela del pintor congolés Chéri Samba), la enorme belleza de numerosos manuscritos (como el de los Elementos, de Euclides, traducido al chino por Matteo Ricci en 1607) o la poesía de ciertas propuestas. A este respecto, una película filmada en Marsella (Marseille en V.O.) muestra a dos jóvencitas que hablan de amor, mezclando con una facilidad desconcertante, sus dos lengua: el francés y el árabe. Ambas parecen tejer una tela con dos hijos. En chino, “traducir” (fanzi) evoca una seda bordada a la que se la vuelta.

Un dispositivo interactivo de cartografía viene a recordarnos que la traducción también es una cuestión de circulación a escala mundial. Sobre la pantalla, se puede visualizar el trayecto de ciertas obras a medida que entran en las lenguas extranjeras. Así, se puede seguir con el dedo el itinerario de Tintin o del Capital, de Marx (1867), el cual llega a Corea a través de Moscú, pero a Japón a través de Alemania.

Pero al decir trayecto, podríamos dar a entender que la tradución es sólo un simple pasaje. Sabemos que no. El famoso “genio de las lenguas”, esa forma de singularidad celosa, vuelve quimérico todo proyecto de equivalencia perfecta: sonoridades, equívocos, idiotismos; no todo va a poder ser recuperado. La traducción tropieza con el cuerpo de la lengua, que une a los hablantes y que, según señala en su catálogo lamentándose Barbara Cassin, los une “demasiado a menudo en identidades cerradas”. ¿Y si nos manejáramos con la hipótesis que la lengua de signos escapa a ese nacionalismo? Ése es el descubrimiento que le debemos a Signer en langues, una película fascinante, concebida por Emmanuelle Laborit: una lengua de signos no es universlas. Existen diversas lenguas de signos como existen distintas lenguas naturales. Así, la noción de “cultura” en lengua de signos francesa es un gesto que parte de la cabeza, mientras que en japonés, son dos manos encajadas. En ese caso, ¿es más simple la traducción? ¿O también debe ser pensada en términos de pérdida?

Arte o desfasaje
Porque la noción que viene a la mente es la de pérdida: entre el original y lo traducido habrá una ineluctable fuga en el flujo del sentido... A este respecto, la exposición propone otra lectura, que es la que defiende Barbara Cassin y a la que ha puesto en práctica on su Vocabulaire européen des philosophies. Dictionnaire des intraduisibles (Seuil/Robert, 2004). Este vasto proyecto, empresa colectiva sobre la cual ella vuelve en su Eloge de la traduction, reposa sobre una convicción: hay que ir en contra de la “tendencia a sacralizar lo intraducible”’. Ella precisa que es necesario “comprender que las diferentes lenguas producen mundos diferentes de las que ellas son sus causas y efectos; y hacer que esos mundos se comuniquen, haciendo que las lenguas se inquieten unas a otras”. Los intraducibles son el examen, la exploración de ese “entre” dos lenguas que vuelve a la traducción “necesaria e impracticable”.

Por lo tanto, era necesario terminar la exposición mostrando ese espacio mental que los artistas imaginaron tantas veces. Magritte, claro, con su arte del desfasaje, pero también el artista suizo Markus Raetz, cuya escultura Métamorphoses (1991), que representa a un hombre con sombrero o a un conejo, según el lugar desde donde la vea el visitante, manifiestan la importancia del compromiso en ese espacio de sentidos múltiples. Finalmente, la exposición concluye con un sorprendente Autoportrait autre, de Johannes Gumpp. En ese cuadro del siglo XVII, el pintor está presentado de espaldas; a la derecha de su autorretrato sobre tela, desliza una mirada hacia el espectador; a la izqueirda, su reflejo en un espejo posa los ojos en otra parte. Y Barbara Cassin emplea la fórmula de Borges: “es aquí evidente que el original es infiel a la traducción”.

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