jueves, 25 de julio de 2019

"En el Tigre, la vegetación abunda en abundancia"


El 17 de julio pasado, Débora Campos publicó en la revista Ñ la siguiente entrevista con Alicia Zorrilla (foto),  actual presidente de la Academia Argentina de Letras. Se transcribe a continuación.


La lengua nuestra y la lengua risible

Sentada en el extremo de una mesa poblada por varones, la experta en gramática Alicia Zorrilla fue la sorpresa del panel “Las academias de la lengua en el siglo XXI”, durante el último Congreso Internacional de la Lengua Española en Córdoba. Tituló su ponencia con adustez: “Cosmos y caos en la sintaxis mediática y el trabajo de la Academia Argentina de Letras”. Por eso, cuando buena parte del auditorio estaba dispuesto a un ronroneo soporífero sobre normativa, las risitas discretas primero y más tarde las carcajadas sin pudor y los aplausos, empujaron a varios a revisar el nombre de esa señora con pronunciación cuidada y modales de profesora de toda la vida: era miembro de la Academia Argentina de Letras (AAL) y exhibía sin reparos un sentido del humor inesperado e inteligente. “Yo necesito la risa”, dice ahora desde el despacho de la presidencia de esa entidad, a la que accedió el pasado jueves 25 de abril, para reemplazar a José Luis Moure.

Doctora en Letras por la Universidad del Salvador y licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, Zorrilla es la segunda mujer en ocupar la titularidad de la AAL tras la recordada Ofelia Kovacci (1927-2001), que lideró la Academia desde 1999 hasta 2001, cuando murió. Hace un momento, desplazó un cartel de bronce que la define desde el escritorio: Presidente, dice en letra de molde. Ha contado que cuando asumió, una colaboradora le ofreció cambiar la última letra E por una A, acorde a los tiempos que corren. No le disgustaba la idea, pero las finanzas de la institución no están para ese tipo de gestos. “Estamos procurando los fondos para publicar el boletín de la Academia de los años 2015 y 2016. Si bien ya está editado en forma digital, no hemos podido reunir el dinero para imprimirlo”, dice. Podría quejarse, pero no lo hace: el tono es el de quien explica.

–¿Cuántos libros editaría la AAL de tener los fondos necesarios?
–Tres al año, por lo menos. Pero no podemos hacerlo. De hecho, la última actualización del Diccionario de la Lengua de la Argentina se realizó en una coedición con la editorial Colihue. Si no hubiera sido de ese modo, no habríamos podido publicarlo. Y es un tema serio, porque la Academia debería poder editar materiales que den cuenta de sus investigaciones.

–¿Cada cuánto tiempo se actualiza el diccionario que sistematiza el idioma de la Argentina?
–Hubo un diccionario en 2003 y el siguiente salió en 2018. Pero la periodicidad depende, sobre todo, de factores económicos. Técnicamente, debería revisarse cuando se reúnen 1500 palabras nuevas que, por supuesto, sean términos que no se usen en España y que no estén ya registradas en el Diccionario de la Lengua Española. Deben ser argentinismos.

–La Academia registra el modo en el que la sociedad usa aquí el castellano. ¿Por qué la gente cree que en realidad la AAL da órdenes sobre cómo usar la lengua?
–Es una gran confusión. Todos usamos la lengua: en la calle, en la oficina, en el aula. Lo que hace una institución como esta es legitimar las normas de esa utilización. Es un proceso de abajo hacia arriba, de las personas hacia los académicos y no al revés. Pero esto no es nuevo, incluso antes de Cristo el poeta Horacio explicaba que es el uso el que impone la norma. Y sigue siendo así: el modo en que empleamos el idioma crea la norma. Nosotros la sistematizamos. Cualquier otra idea es un mito. Además, si así fuera, si nos transformáramos en unos dictadores del idioma, sencillamente no funcionaría: nadie leería, escribiría o hablaría como otro le ordena porque, antes de todo, somos libres.

–Y, según su experiencia como docente, ¿cómo se usa la lengua?
–Yo formo profesionales, es decir, graduados universitarios que vienen de distintas disciplinas: traductores, periodistas, psicoanalistas, abogados, licenciados en estadística, incluso radiólogos. A todos les tomo una diagnosis de unas 18 páginas para que cada quien vea en qué situación se encuentra. En líneas generales, esa situación con la que vienen es lingüísticamente pobre. Tanto en cuanto a la oralidad como en la escritura.

–¿Cómo es posible que una persona adulta con título de grado y no menos de 20 años de escolaridad continua tenga dificultades para comprender textos?
–Es algo que también me pregunto. Creo que algunas metodologías de enseñanza se han dejado de lado: la comprensión profunda del texto, el conocimiento de la lengua y el vocabulario. Hablar el castellano como lengua nativa no quiere decir hablarlo correctamente. Son cosas distintas. Y si no se habla con todas sus posibilidades y riquezas, tampoco se piensa con esas posibilidades y riquezas.

–¿Qué rol le cabe a los medios de comunicación en esta situación de precariedad idiomática?
–El uso de la lengua se deteriora en todos los ámbitos. En el Congreso Internacional de la Lengua Española en Córdoba me referí a esto. En esa ponencia decía que una de las preocupaciones de la AAL es la indiferencia con que se habla y se escribe en los medios, porque ya no se usa una sintaxis fluida, sino inconclusa, quebrada, y muchas veces, al decir y escribir mal, cuando se eligen sin propiedad las palabras se mutilan los significados o se duplican para que el oyente y el lector elijan el que les convenga o entiendan lo que deseen.

Temibles zócalos de televisión
Quienes la conocen, saben que la profesora Alicia Zorrilla privilegia dos elementos en sus clases: el rigor y el humor. Sus ocurrencias son legendarias y hace tiempo conforman un secreto que pasa de boca en boca. “Recientemente, me llamó un editor para proponerme que escribiera un libro que recorriera las dudas más frecuentes exponiéndolas a partir de una humorada o de un equívoco. Todas situaciones reales que son, además, desopilantes”, anticipa.

El registro de Zorrilla fue celebrado en el último Congreso Internacional de la Lengua Española en Córdoba: “No es raro que, en los zócalos televisivos, aparezcan noticias truculentas, mientras en silencio el periodista que conduce el programa se expone como si promocionara ‘sus servicios’ o confesara sus intenciones: «Mato a seis personas. También asesino a su suegra», o bien «La asalto, la ato y la violo». La ausencia de tildes distorsiona la denotación de los mensajes”, leyó impertérrita mientras el auditorio reía sin disimulo.

En esa línea, invitó a recorrer una lista de “celebridades sintácticas” tomadas de los medios: “Todos los fines de semana estamos haciendo accidentes. Atentaron contra la tumba de alguien que ya estaba muerto. En el Tigre, la vegetación abunda en abundancia. Señor Pasajero: Si no conoce el importe de su pasaje, pregunte al chofer hasta dónde viaja. La economía va a seguir continuando creciendo”.

Las carcajadas estruendosas hicieron que más de uno recordara la disertación del escritor y humorista Roberto Fontanarrosa sobre las malas palabras en el CILE de 2004 en Rosario. Ajena a las reminiscencias y antes de terminar, Zorrilla llamó la atención sobre supuestas cortesías que pueden salir mal: “Se advierte la masificación ya no solo en los peinados o en la ropa, sino también en el uso de la puntuación y de las palabras. La coma intrusa entre sujeto y predicado gana adeptos sin esfuerzo, y la que acompaña la fórmula de saludo final en las cibercartas convierte al que las envía en su propio destinatario mediante el uso vocativo de la firma: Un beso grande, Marta; Te mando un cordial saludo, Federico. Lo que quiere ser una cortesía se convierte, por influencia extranjera o por falta de discernimiento, en un acto de narcisismo”.


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