miércoles, 31 de agosto de 2016

Una encuesta para periodistas (VIII)

Concluida la encuesta para periodistas, se le ha pedido al poeta, traductor y periodista Jorge Aulicino (quien, hasta el momento del retiro de su extensa carrera en los medios, se desempeñaba como director de la revista de cultura Ñ) un comentario sobre las respuestas. He aquí su mirada de entomólogo.

Una encuesta para periodistas (VIII)

Comencé a revisar la recopilación de respuestas a la encuesta sobre periodismo y traducción del Club de Traductores Literarios sin haber leído la nota de arranque y sin preguntarle al director del blog del Club, Jorge Fondebrider, cuáles eran los propósitos de este cuestionario distribuido entre críticos de literatura y editores de revistas y suplementos literarios de diversos países. Sigo sin consultar ni a Fondebrider ni el lanzamiento de la encuesta, porque prefiero ver qué me dice esta colección de experiencias volcadas en respuestas a tres preguntas sobre el destino de las traducciones en los medios.

Lo que me muestra la encuesta a simple vista es que la proporción de literatura de otros idiomas comentada en los periódicos  es enorme. Nadie tiene una cifra exacta, pero el cálculo promedio es del 50 por ciento. Algunos editores o críticos han dicho, sin que estuviera específicamente preguntado, que la mayor parte de esa literatura en lengua extranjera es literatura escrita en inglés. Parece demasiado. Mucha literatura en lenguas extranjeras y mucha en inglés. La siguiente encuesta debería ser de opinión e iniciarse con esta pregunta: ¿Los países de habla inglesa están produciendo la mejor literatura en este momento o solo la más vendida? No creo que las literaturas escritas en castellano -mi lengua, la del blog del Club, la del país en que se produce el blog- se puedan, y mucho menos deban, proteger obligando por ley a las editoriales en cada país a que editen un, digamos, 50 por ciento de literatura en el idioma local, porque eso no favorecerá el desarrollo de una buena literatura nacional, y, además, me suena idiotamente autoritario –diría que cada vez que se sanciona un "no" una proporción del cerebro humano se extingue: de hecho con los dos o tres "no" de los mandamientos hebreos y cristianos y de casi todas las religiones bastaría para gobernar un país, sumando apenas, quizá, las multas por alta velocidad y mal estacionamiento y por escupir en la vereda–. De todos modos, y volviendo al punto, creo que para los que de modo patriótico se preocupen por la literatura nacional en sus más variadas formas –poesía, narrativa, ensayo literario, ensayo filosófico, etc.– las constataciones aproximadas de los editores de diversos países de habla hispana deberían ser preocupantes.

Los puntos dos y tres de la encuesta se refieren a los intermediarios entre esa masa de literatura en lenguas extranjeras y los lectores. Es decir, los traductores.

El punto dos tiene que ver con la justicia pura y dura: se refiere a si se consigna o no en algún lugar de la reseña literaria el nombre el traductor. La encuesta revela que muchas veces sí y muchas veces no, sin ofrecer en casi ningún caso certeza absoluta acerca de cuántas veces sí y cuántas no.  La conclusión más segura es que suele aparecer con alguna frecuencia el nombre del traductor, aquí o allá, esto es, en el texto mismo de la nota o en la llamada “ficha” que muchos, por no decir todos, los suplementos y revistas literarias publican debajo o al margen del comentario de un libro literario.

Debe reconocerse que esto significa un avance. Hace unos años, nadie, al menos en la Argentina, esperaba enterarse mediante una reseña quién había sido el traductor de una novela o de un ensayo; sí de un libro de poesía, porque era más corriente dejar esa constancia, habida cuenta de que se tenía por lo general a los poemas traducidos como “versiones”,  además de que se sabía o suponía que los traductores de poesía eran en su mayor parte poetas, y poetas que consideraban la traducción –no siempre, pero casi siempre- “parte de su obra”.

Quizá la existencia de organizaciones de traductores cada vez más activas y más polémicas –el Club de Traductores de Buenos Aires se cuenta entre ellas– logró que también se pensara que los traductores de prosa tenían derecho a considerar “su obra” las traducciones literarias que hacen a pedido o por propia iniciativa; o al menos, su trabajo. El cual merece reconocimiento público y monetario, siendo que el primero puede gravitar sobre el segundo.

La tercera pregunta de la encuesta  son dos preguntas. Una es si el reseñista se detiene a comentar  la labor del traductor; la otra, es, si lo hace, en qué términos.

La pregunta incluida en esta tercera pregunta es muy difícil de responder, porque la primera ya supone la posibilidad de un comentario.

Pero, ¿en realidad se puede comentar una traducción sin conocer el original? Y conocer el original, ¿no será mucho pedir en el 90 por ciento de los casos?

Uno puede ver cómo sucede en el libro el idioma de llegada. Puede adivinar lo que son simplificaciones y lo que son fracasos ante complejidades del texto original. También puede intuir soluciones falsas o malas. Pero todo esto no puede verificarse. El comentario en todo caso puede apuntar, como señalaron algunos consultados, al uso de la variedad del castellano que haya elegido el traductor.

Es este otro punto sobre el cual el Club de Traductores propuso muchas veces la discusión, la encabezó y estimuló.

Desde mi punto de vista, la cuestión del uso del castellano madrileño corriente o familiar debería molestar tanto en Buenos Aires o Guadalajara, cuanto en Madrid.

Para mí puede sacar totalmente de contexto una historia o un poema el uso de la palabra gilipollas –por ejemplo, un personaje de Brooklyn dejará de ser neoyorquino no bien sus labios la pronuncien- , pero no menos desnaturalización provocaría un equivalente argentino, como boludo o papafrita.  El localismo demasiado marcado en la traducción a mi juicio la arruina, y sin dudas diría esto de una traducción que hubiese optado por usarlos, sea española, argentina, mexicana, chilena o uruguaya. No creo que la crítica a una traducción pueda ir mucho más allá de esto en un periódico. Tal vez, en una revista académica valga la pena comentar la versión un poco más, a condición de tener el original presente, claro. Y entenderlo.

En resumen, las respuestas al primer punto de la encuesta muestran que podría abrirse un nuevo debate, o reabrirse el debate eterno sobre las formas de promover la lectura de literatura local o nacional, como se prefiera llamarla. Por mi parte, creo que esa respuesta la tienen las editoriales llamadas independientes. Urge desarrollarlo antes que de caiga en manos de los políticos. Es mejor llevarles a ellos ideas suficientemente debatidas.

El punto tercero también, como digo, es para continuar la brega acerca de qué significa traducir en el idioma de cada país hispanohablante.

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